El Bohío Caraqueño

Mondo Cane

D

Acostumbrado a escuchar los vientos de mis confines, cruzar sin recelo las puertas de la percepción, hasta las fronteras del ello, para valorar, aquel gesto de mi ser que me convida a sacar de la chistera, una crónica y dos recuerdos. Me deslizo pues hacia principios del siglo XX en plena dictadura Gomecista, en esa Caracas de los techos rojos, apareció de improviso Cenizo por los alrededores de la plaza Bolívar, un perro sin dueño ni ataduras que cultivó un apego curioso hacia la estatua del Libertador. Si Argos de Ítaca profeso su amor por Odiseo y lo esperó ya viejo y ciego por 20 años, que no son nada, Cenizo de Caracas, con pasión desenfrenada entregó su fidelidad a la imagen del niño Don Simón.

Se presumía que pertenecía a un viejo originario de las Islas Canarias, amante de las Bellas Artes y muy cercano a los intelectuales de la “Generación del 18”. Al fallecer éste, Cenizo mantuvo las mismas amistades que su dueño, cambimbeando* un día con Antonio Arráiz y otro con Miguel Otero Silva, era todo un bohemio de la esquina de Gradillas, pero según el cotorreo de algunos patiquines* asiduos a la plaza Mayor, sentía una especial predilección por el solitario e incomprendido poeta José Antonio Ramos Sucre, inclusive, ambos en más de una ocasión, amanecían en los bancos de la plaza Panteón, según los hermanos Oropeza, pulperos de la tradicional Parroquia San José.

Cenizo era tan querido y popular en la Caracas de entonces que, al día siguiente de su fallecimiento, la noticia fue primera plana en casi todos los periódicos. Fue todo un acontecimiento que conmovió a la ciudad, lo lloraron tirios y troyanos, ángeles y demonios, encopetados y limpiabotas. Decía Aníbal Nazoa que, entre las crónicas de Caracas, no podían faltar su Ávila, con su Galipán florido, sus claveles, Pacheco cuando baja el frío y Cenizo como guardián de la Caracas de antaño. El perro de la gente, curruña* de los niños, se fue un día de diciembre, invitado de postín en la cena de noche buena entre el niño Dios y Panchito Mandefúa.

El recuerdo añejo, olfatea callejones y acequias de mi memoria, enredado en el tiempo en que era, cual enviado de Hermes, un cartero por doquier, especialmente, en los barrios más profundos y recónditos de la ciudad. Cada mañana, era una nueva aventura pero esta la atesoro con invaluable estima: mi ruta me conducía a través de uno de los sectores más peligrosos del oeste de la ciudad, cuyo nombre no quiero acordarme, como escribió el manco de Lepanto, esa jornada, sin embargo, tuve inesperadamente un guía y custodio de lujo, un perro de la calle, un Rolling Stone, un solidario compañero de viaje, que me cuidó todo el trayecto, se detenía a esperarme mientras cumplía con mi labor. De repente, llegué a una deteriorada casa y de su interior apareció una humilde anciana, me vi en la imperiosa necesidad de pedirle el baño, la sublime mujer no solo accedió, sino que al salir del mismo, me obsequió una taza de café con pan duro y un cambur* pasado de maduro que confieso, no pude comer. Fue muy conmovedor ser objeto de tanta atención por parte de esa dulce y humanitaria anfitriona, al despedirme me bendijo, me fui afectado por tanta bondad, al final del camino, en la parada de los jeeps para bajar al centro de la ciudad, me despedí de mi fiel compañero. En ese momento supe que lo extrañaría por siempre.

Caracas

Pasaron los años y un sábado cualquiera, compartiendo con amigos en el bar “El Texas”, local que alguna vez mencioné cuando escribí el artículo sobre “El secuestro de Di Stefano”, al mencionado ingresó la misma anciana y estaba pidiendo limosna, de ipso facto la reconocí y un seísmo removió mis órganos. Me quedé por fracciones de segundo inmóvil, la viejita fue humillada y echada del local, de repente, con un impulso que salió del alma, corrí en búsqueda de ella, la alcancé, no me reconoció, la invité a almorzar en ese mismo local de donde la habían tratado como una perra, la tomé de manos e ingresamos, nos sentamos a la mesa, yo no tenía hambre, pero también comí, intenté hacerle recordar quien era yo, fue inútil. Al concluir, le dí dinero y un beso en las manos, ese fue un puto día cargado de dignidad.

Hace poco leí que una de las premisas del taoísmo es la expresada en la palabra Wu wei que significa “el no hacer”, pues que me perdone, Lao-Tsé, ese día yo quise hacer.

Cambimbiar: en español venezolano, vaguear.
Curruña: compinche en español venezolano.
Patiquines: jóvenes holgazanes más preocupados por su apariencia que por trabajar, se dedicaban a piropear en la Plaza Bolívar a las mujeres que por allí transitaran.
Tirios y troyanos: expresión literaria que se refiere a dos enemigos o adversarios irreconcilibables, en este caso la expresión es usada para denotar que es aceptado por personas o grupos de personas muy diversas.
Cambur: en español de España plátano.

Músicas:
 . El viento de Manu Chao.
 . Calle luna, calle sol, de Héctor Laboe y Willy Colón.
 . San Agustín de Vytas Brenner.

Os proponemos un vídeo de Manu Chao, pulsando sobre el botón play de la foto principal podréis ver Me gustas tú.

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