Una noche en prisión

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Y la puerta chirrió y el corazón se me paralizó. De pronto, sentí que tenía una cueva vacía como corazón y en él, podía entrar desde un ángel con alas hasta un lobo de fauces abiertas y amenazadoras con colmillos afilados dispuestos a dar buena cuenta del banquete que le ofrecía mi pánico sin control. Hubiera agradecido que un infarto se presentara de inmediato para salvarme de la terrorífica situación, sin embargo, mi corazón no respondía, se quedó hueco pero latiendo para torturarme sin piedad. Conozco muy bien los ruidos de la noche y ese chirrido estaba fuera de mi código, de ahí, mi terror desmedido. Me encontraba sola en la prisión, muy pocos presos eran los que se encontraban esa noche, la cárcel estaba recién inaugurada y yo, era la única funcionaria de prisiones que se encontraba esa noche vigilando, velando por el sueño de los reos y por los estómagos de mi familia a la que no le parecía nada bien que hubiera aceptado este trabajo que por otro lado a mí, me apasionaba. Gracias a él, mi familia comía y bebía, y yo también.

Encendí mi linterna aunque no era necesario puesto que las luces de emergencia alumbraban lo suficiente para observar y vigilar, pero yo me sentía más tranquila con mi suplemento lumínico. Todo estaba en orden, ellos dormían entre ronquidos y palabras sueltas, no me daban miedo, sabía que las puertas de las celdas eran como muros imbatibles por tanto el chirrido procedía de otro punto de la prisión, sin embargo, sabía que era imposible porque en el pabellón en que hacía mi turno de noche no había puerta alguna que pudiera chirriar de ese modo ni de ningún otro.

¿Entonces de dónde procedía?

Transcurrieron unos minutos y todo parecía en calma, regresé a mi cabina de control. Todo estaba en silencio y comencé a tranquilizarme, al poco me entró algo de sueño y fui capaz de relajarme y dejar que la dulce niebla del sueño invadiera mi inquieto cerebro. Creo que llegué a dormirme o no; sólo recuerdo que esta vez el chirrido fue mucho más inquietante y cercano al lugar donde me encontraba. Creí morir, no a manos de un desalmado que hubiera entrado en el centro penitenciario sino por el pavor que sentí. Esta vez tuve la certeza de que algo extraño estaba sucediendo y no podía mirar hacia otro lado. Cerré bajo llave mi cuarto de control y observé las pantallas que me daban una vista fiable de todo el centro en ese preciso instante gracias a las cámaras de vigilancia, ya no fui capaz de salir de paseo con la linterna. Sabía que no iba a encontrar ninguna puerta que provocara ese escalofriante chirrido, los pasillos estaban naturalmente vacíos, mis manos temblaban, mis labios también y mis dientes castañeteaban no de frío precisamente y de pronto lo vi.

Observé con mucha atención tratando incluso de creerme que era invisible como coraza de protección, tal era el miedo que sentía. Parecía que aquello que se movía tan despacio por el pasillo también me observaba, el pánico se diluyó entre oleadas de asombro y sorpresa, era como una mancha en medio del pasillo y parecía levitar, era como una persona confeccionada a propósito con bolas de algodón, era todo blanco y vaporoso, era terroríficamente blanco y virginal, no transmitía ninguna emoción, sé que me veía como yo a él o a ella pues no podría decir si se trataba de hombre o mujer. Llegué a pensar que quizás mis compañeros me estaban gastando una broma, pero no, aquello no tenía aspecto de tratarse de una broma propia de veteranos. La mancha o lo que fuera se aproximaba hacia la pantalla hasta el punto que ya no pudo avanzar más. Estaba ahí, frente a mi rostro demudado por la emoción y el pasmo y fue cuando de nuevo escuché el terrible chirrido. Al menos ya sabía de dónde procedía. Llegué a la conclusión en mi desesperación que estaba frente a un espectro que me observaba y el chirrido era el grito de su alma en pena.

Entré con toda la calma que pude tomar como si me tomara un vaso de leche caliente para entrar en calor, en el historial de expedientes de los presos que hubieran podido estar ingresados en décadas atrás. Si se había producido algún suceso extraño enseguida lo encontraría puesto que todo estaba minuciosamente archivado. Entré directamente en archivos clasificados como confidenciales. Sé que estaba violando las normas de protocolo pero dada la situación era lo que menos me importaba en ese momento.

Ahí lo encontré.

Carlos Cristóbal Gutiérrez Arnau.

Delito: robo con homicidio en residencial La Florida

Sentencia: 15 años

Fallecimiento: ahorcado en su celda (Suicidio)

De nuevo el chirrido: ¡Yo, no me suicidé!

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