La locura del destierro

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Estaba contenta. Me gustaba mi nuevo trabajo, seguía en el mismo turno de noche del que tanto me había quejado, sin embargo, todo era distinto. Trabajaba una hora menos, en total, nueve horas en lugar de diez. La tarea de preparar medicación en el nuevo centro se había convertido en tarea de lavandería, me gustaba mucho más. Me relajaba plegar ropa leyendo el nombre de cada residente y colocándola cuidadosamente en la casilla correspondiente, me recreaba colgando prendas en las viejas perchas y me gustaba elucubrar e imaginar sobre la vida de aquellas personas con nombre y apellido. Porque sí, aquellas personas que parecían vivir en el país de la nada tenían su pasado, su propia historia independiente y personal y si observabas bien sus rostros, sus rasgos, sus andares, sus ojos, era como si leyeras una enciclopedia abierta.

Las residentes femeninas eran muy buenas, educadas y resignadas a su destino. No se quejaban de nada y parecían estar felices con sólo mirarlas a los ojos y sonreírles. No exigían nada más, cariñosas como madres con la conciencia tranquila. No había amargura ni tristeza en sus ojos. Sabían que el centro en el que se encontraban era su verdadero hogar y no una antesala de un lugar solitario y apacible: el cementerio.

No sucedía lo mismo con los residentes masculinos. Muchos de ellos se encontraban metidos en su mundo, ausentes y fumando la mayor parte del día y de la noche. Algunos de ellos apenas solían hablar a excepción de un saludo envuelto de amabilidad y casi exquisita educación. Era un placer saludarlos cuando me encontraba a alguno de ellos sobre las tres de la madrugada fumando un pitillo en la terraza de la última planta. Para ellos, cada calada era una bocanada de oxígeno virtual, una sesión de aromaterapia, un baño de algas o un masaje con chocolate. Podían disfrutar de su pitillo en medio del silencio de la noche en un viejo centro con la misma libertad con que podía hacerlo un alto ejecutivo en su despacho de transacciones comerciales.

No todos eran de edad avanzada, muchos de ellos no pasaban de los cincuenta o sesenta años, eran altos, delgados, algunos sonreían siempre, parecían felices, otros casi no tenían expresión y resultaba inquietante observarlos porque sus reacciones eran totalmente imprevisibles. Al principio les tenía miedo, pero conforme iban transcurriendo las noches los conocía mejor y supe que podía confiar en ellos en la medida que no eran agresivos ni peligrosos aunque algunos de ellos me resultaran desconcertantes. Éstos eran precisamente los que tenían libros en su mesilla de noche. Se trataba de novelas que yo desconocía, muy interesantes y que requerían de un alto grado de concentración para la lectura. No se trataba de novelas infantiles o revistas de pasatiempos, por ello tomé conciencia de que en sus mentes perdidas había todavía un laberinto con un punto de salida, no todo era ceguera y oscuridad en sus mentes desequilibradas. Sentí un gran respeto por la locura y una inmensa ternura ante aquellos seres que estaban viviendo encerrados como animales enjaulados, privados de lo más valioso para cualquier ser humano cuerdo o loco: la libertad.

Nueve horas dan para mucho así que en los ratos libres me dediqué a leer los historiales de algunos de aquellos residentes, sus enfermedades y las características de sus trastornos mentales. La mayoría de ellos padecían de esquizofrenia afectiva, trastorno bipolar, manía persistente refractaria y lo que más me impactó es que uno de ellos tenía en su historial varios intentos de suicidio mediante ahorcamiento. Para mí, era el loco más inteligente que jamás había conocido.

Se trataba de un hombre soltero de cincuenta y cinco años, era de estatura pequeña y unos ojos negros en donde estaba escrita toda su inteligencia estropeada, era un hombre atractivo, muy delgado quizás por su pérdida de peso debido a un linfoma en el estómago. A lo largo de la noche solía bajar por las escaleras desde la tercera planta donde tenía su habitación hasta la lavandería, allí me encontraba siempre plegando ropa y muy amablemente me traía latas de coca cola que él mismo compraba en la máquina de refrescos que estaba instalada en la primera planta. Así fue como me enteré de toda su vida, y empleo la palabra “enteré” porque todo me lo contaba como si fuera un transmisor de noticias de última hora. Conocía muy bien el mundo de la cárcel pues había trabajado como funcionario, tenía una profunda formación religiosa hasta el punto de creer firmemente que él era Jesucristo. Me explicó su historia con María Magdalena y me habló de los diferentes planos de existencia, me habló de varias dimensiones y de cómo se podía viajar en el tiempo, me habló de su novia, una joven muy bella que al final lo abandonó para casarse con otro hombre, me habló de la Guerra Civil y de la figura de Hitler, me habló de historia, de los Reyes Católicos, me habló de la conquista de la luna y cómo nos habían tomado el pelo haciéndonos creer en un acontecimiento que jamás se produjo puesto que en la luna no hay oxígeno, me habló de que hoy en día cada vez era más difícil encontrar a una mujer virgen, me habló de su hermano que era escritor y director de prisiones, hecho que yo mismo comprobé y vi que era cierto, efectivamente tenía un hermano que era escritor y al que le habían otorgado varios premios en el género literario de poesía.

Este residente al que llamaré Lorenzo por preservar su intimidad gozaba de una gran capacidad de oratoria hasta el punto de que en ocasiones se le amontonaban las palabras y las ideas creando una gran confusión en su discurso, otras veces se mostraba más concentrado y era capaz de darme explicaciones sobre la formación de piedras como el diamante y cómo era posible transmitir el virus de inmunodeficiencia adquirida incluso a través del preservativo porque el virus podía traspasar la molécula de este medio profiláctico.

Sus visitas nocturnas se hicieron cada vez más frecuentes hasta el punto que llegué a sentirme atraída por su extraña y excepcional personalidad. Me gustaba escuchar sus historias y él lo sabía, tenía un gran ego y el que yo lo escuchara con atención y le hiciera preguntas hacía que su ego se alimentara y eso lo hacía sentirse muy bien. Comprendí que Lorenzo buscaba alguien con quien hablar y sobre todo alguien que empleara un poco de su tiempo para escucharlo. Era educado y respetuoso conmigo aunque ya me habían puesto en antecedentes de su personalidad agresiva y de que tuviera mucho cuidado con él. Nunca me sentí atacada, por el contrario, me protegía de los demás residentes cuando llegaba la hora de levantarlos diciendo que era su novia, porque para él, era su novia en su mundo simbólico.

Lorenzo había sido víctima de una rebelión de dragones y demonios que enloquecieron su aventajado cerebro para dejarlo bajo la losa del delirio, lo agarró bien de pies a cabeza y no lo iba a soltar, pero aún le quedaban miles de resquicios de sabiduría envolviendo su mente enfebrecida, salvándolo así de la locura que mata el alma. Aún su alma vivía bajo el resplandor del superviviente. Lorenzo era un náufrago de la vida, un derrotado en la batalla de la cordura, pero laureado como el más inteligente de los locos que yo conocí. Doy fe.

Otro residente que también me llegó al alma fue un hombre que también solía bajar por la noche, a veces, completamente desnudo. Ese hombre al que llamaré Luis, busca piedad y compasión. En algún momento de su pasado sufrió un hecho traumático que lo dejó trastornado para siempre. Perdió la cordura más no la delicadeza en los modales. Su tono de voz era dulce como un susurro. Me llamaba por mi nombre que se aprendió desde el primer día. Me imploraba, me rogaba que lo protegiera, tenía pavor a la policía judicial, siempre pensaba que se lo iban a llevar en cualquier momento, llevaba la inocencia escrita en su voz y en sus ojos, me hacía recordar aquellos seres que habían sido ajusticiados siendo inocentes. Tan sólo sé de su pasado que fue joyero. Tenía un taller en donde trabajaba con medallas de vírgenes, nada más. Tenía cara de buena persona incapaz de hacer daño a una mosca, tenía un alma sensible porque cuando lo mandaba a la cama diciéndole que no eran horas de estar levantado, me miraba con ojos compasivos, era como si tuviera piedad de mí, de su cuidadora de noche, como si él deseara cuidarme a mí, de mi ignorancia ante la vida, era como si leyera mi destino en mis palabras de recomendación de lo que tenía que hacer él, era como si él, fuera por delante de mí y conociera cómo iba a ser mi vida en el futuro y, sin embargo, no podía hacer nada por mí como yo apenas podía hacer nada por él más que un cambio de pañal o ayudarlo a vestirse. Mi ayuda comenzaba y terminaba en unas actividades muy sencillas, pero Luis parecía estar más allá de esas actividades y sentía que la desprotegida y la que necesitaba ayuda era yo.

Esta extraña sensación sólo me ocurrió con él, Luis.

Y así se sucedían mis noches, rodeada de seres que vivían en otros mundos muy próximos al mío en cierto modo. Compartía muchas horas con ellos, comencé a sentir lazos de familiaridad con ellos y en mis noches libres pensaba en ellos casi como si fueran mis amigos. Sentía que me apreciaban al igual que yo a ellos, me llamaban por mi nombre, me sentía útil para ellos y comencé a ser feliz por primera vez en mi vida en un mundo en el que sólo era una simple cuidadora con unos seres que la vida les había querido arrebatar el alma pero no lo había conseguido del todo. Y aquí, el papel o la misión de una cuidadora es muy sencilla pero vital para ellos a la vez. Nunca subestimemos lo que un loco quiera relatarnos, es de vital importancia saber escucharlos y no mandarlos a paseo sin más. Estos seres tan especiales son capaces de sentir el cariño y el respeto que una cuidadora tiene el deber de prestarles, a veces, la falta de tiempo o el exceso de tareas actúa en contra nuestra y puede resultar agotador, pero debemos estar por encima de estas adversas circunstancias y dar un paso más allá. Cuando se consigue arrancar un destello de brillo por leve que sea a la mirada apagada de un ser de mente y conciencia alterada, la recompensa que se obtiene es altamente gratificante. No olvidemos que son seres vivos que apenas ven la luz del día sino es más que la que se filtra a través de un ventanal, se encuentran encerrados de por vida entre viejas y a veces desconchadas paredes, descansan en catres con una pobre lencería desgastada  por la lejía de incesantes lavados,  no conocen más que los rostros de sus cuidadores y de los familiares que de cuando en cuando van a visitarlos, y viven dentro de una rutinaria disciplina, dentro de una monotonía incesante que les va aletargando conforme pasan los años.

Son seres indefensos, vulnerables y más inteligentes de lo que pensamos. Escuchar el canto de los pájaros, los sonidos de la naturaleza, sentir el calor del sol en el rostro, el frescor de las gotas de lluvia, la caricia del viento, el murmullo de las hojas de los árboles, todo ello, les ha sido privado por culpa del estigma de la locura.Son seres humanos que viven encerrados no sólo en su propio cuerpo al igual que nosotros sus cuidadores, sino también en su mundo limitado y atado por su enfermedad y por la sociedad que les ha tocado vivir.

¡Que Dios nos proteja de la locura, pero sobre todo del abandono!

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Una respuesta a “La locura del destierro”

  1. Estupendo relato que nos acerca a ese mundo que de entrada, solemos rechazar .
    Escrito con sencillez y claridad.
    Parece el arranque de una novela interesante.

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