El mejor verano de nuestras vidas I

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Verano en la ribera
Verano en la ribera

Todavía no eran las diez de la mañana y ya estaba instalado en el balcón. Un vaso de leche fría y cuatro galletas María eran su desayuno favorito. Sentado en el suelo sus finas piernas colgaban al vacío dibujando círculos en el aire.

—¡Yayo! ¿Vienen ya?

La paciencia no era precisamente lo suyo, como todos los niños no estaba programado para esperar. Esa es una condición que otorgan los años y la determinación. Todavía no.

­—Es muy pronto todavía, Chabi… —respondió su abuelo, al que la edad y la experiencia sí que le habían otorgado dicha cualidad.

El anciano pasó su mano sobre el flequillo recto de su nieto a la par que encendía un cigarrillo ahora que había podido librar la vigilancia de su esposa.

Los rayos de sol buscaban ansiosos, con la voracidad que les otorga la estación estival, la perpendicular del suelo. Cada vez más altos, más calientes.

La mañana fue larga, tanto como la espera. Cada año pasaba las vacaciones en casa de los abuelos en el pueblo mientras sus padres apuraban los últimos días de trabajo en la ciudad. Con nueve años entendía perfectamente la situación y sabía disfrutar de la libertad de la que gozaba allí. El había llegado ya ayer…

Sus ojos escudriñaban desde la altura que otorgaba el balcón la vieja carretera que descendía ladera abajo como una lágrima en rostro arrugado y que conformaba el único acceso a la localidad. De repente distinguió en la distancia un automóvil bajar por el serpenteante trazado.

—¡Un coche blanco! ¡Un coche blanco! —gritó—. ¿Es ese, yayo?

A Matías le costó un poco más enfocar el objetivo, pero finalmente lo tuvo claro.

—Ese es, Chabi. Ya están aquí…

El pequeño ya se había marchado. Voló escaleras abajo y salió desatado hasta la calle. Bajó la empinada rampa que llevaba hasta la casa de los abuelos y llegó a la plaza del pueblo a la par que arribaba el vehículo. Este se detuvo de inmediato al ver al niño acercarse y la puerta trasera se abrió al instante. De ella descendió un muchacho que corrió a abrazarlo.

—¡Primo! ¡Ya estás aquí! —la emoción cortaba su voz.

—¡Sí! ¡Qué ganas tenía de llegar! —el abrazo le impedía respirar con normalidad.

—¡Ahora sí que comienza el mejor verano de nuestras vidas! —gritó sin soltarlo.

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2 respuestas a “El mejor verano de nuestras vidas I”

  1. Uiba….kllorera al leerlo y recordar esos veranos

  2. Bueno, el relato promete mucho, aunque se me ha hecho corto. Me imagino que tiene continuación.
    Espero volver a leer pronto el “continuará…”

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