Donde las aves Anidan
La realidad
19 diciembre 2022

Habían convenido los dos amigos, una vez que sus eventuales acompañantes habían seguido camino hacia Tutela, que sondearían las posibilidades de pasar el invierno en aquella localidad. Debían primero entrar, cosa que no supuso un gran problema, ya que no llevaban mercancías para vender, algo que eliminaba cualquier posibilidad de carga pecuniaria, y así lo hicieron. Lo primero que les llamó la atención fue la disposición de las calles pues no llevaban ningún orden, al contrario que Cæsaraugusta.
Esperaban recorrer el decumano y allí encontrar la esencia de la población, pues era en esta calle y en el cardo donde se encontraban los edificios de los próceres de la localidad. Pero ni había calle principal ni nada que se le pareciera. Eso sí, aquí y allá había entremezclados auténticos palacetes al lado de casas prácticamente en ruinas. La sensación que les dio fue de una mayor desigualdad social, en la que predominaba, al igual que en Cæsaraugusta, una cierta degeneración del orden, tanto urbano como social.
Algunos mercenarios, estos sí al igual que allí, habían ocupado viviendas deshabitadas manteniéndolas mal que bien aún en pie. No obstante, su situación tampoco parecía ser boyante. Observaron asimismo que, mezclada con la lengua de Roma, utilizaban una jerga que a Arranes le resultó familiar, de la que reconocía muchos términos y frases utilizadas en el gremio de aperos agrícolas del cual su familia había sido miembro destacado. Siendo que a él le sucedía lo mismo, no podía abstraerse de utilizar ciertas frases en jerga junto con la lengua del imperio, por lo que no le resultó difícil entablar conversación con las gentes del lugar que veían en él a alguien cercano.
Preguntó por una cierta familia, sin desvelar que era la suya, pero la respuesta le dejó helado. Hablaban de que dos generaciones atrás, uno de los miembros de dicha familia había usurpado los bienes del resto mediante un pacto con la administración romana, arrastrando al clan familiar a la miseria y posterior deportación. Los nietos de los primeros vivían ahora en una villa cercana a la población, a la que nunca se acercaban, ya que habían tenido que salir apresuradamente para no ser literalmente linchados por los vecinos. Del resto de la familia no se sabía nada ya que salieron hacía mucho tiempo. Alguien hablaba de que algunos miembros se habían dedicado al bandidaje en las tierras incógnitas a poniente, pero nadie podía afirmarlo.

Ante la imposibilidad de recabar ayuda familiar y, por supuesto, la negativa a hacerlo con los usurpadores felones, no veían nada claro pasar el invierno en la localidad por lo que empezaron a hacer planes para continuar camino. Antes debían reponer fuerzas y recabar algunas monedas, que consiguieron gracias a un comerciante con el que habían pasado la noche a las puertas de la ciudad. Dicho comerciante decía llegar del otro lado de los puertos de las altas montañas del norte, de la tierra de los antiguos galos con una carreta llena de buen vino. Hablaba la lengua del imperio, pero no la dominaba, y también utilizaba una especie de jerga de difícil comprensión. En fin, se ofrecieron de buena gana a venderle la mercancía a cambio de esas monedas y de una gran bota que llevarían durante el resto del camino.
Sin grandes dificultades y para regocijo del galo, se las ingeniaron para colocar la mercancía en poco más de una mañana. Y como un trato es un trato, recibieron lo ajustado y una chorrada de un vino que les pareció exquisito. Abulo propuso salir sin demora, ya que nada le retenía allí. Arranes, desilusionado, pues nada era como él lo había imaginado, asintió. Un mal disimulado deseo de venganza no sobre Roma, sino sobre los que habían usurpado la grandeza del imperio los impelía. Estaban decididos a unirse a los hombres libres, sabiendo que ello les iba a acarrear una serie de problemas. Ahora sabían que eran proscritos, pero no malhechores. Se intuía en ellos una carga ética que la propaganda oficial se había preocupado en tergiversar.