Donde las aves Anidan

Huida

La decisión definitiva vino una noche, casi de madrugada, cuando ambos amigos junto a otros se retiraban de las discusiones para descansar después de una velada un tanto acalorada en la que se debatía entre la resistencia activa o la salida de la ciudad. Abulo, al contrario que Arranes, no lo tenía nada claro y había intervenido para templar los ánimos. La situación, decía, no es como para tomar decisiones tan profundas, todo pasará y volveremos a los mejores tiempos. Esa misma situación le iba a dejar sin argumentos en breve.

No tardaron en doblar una esquina cuando la ronda militar los abordó. No iba sola, la acompañaban varios individuos, algunos de los cuales reconocían como integrantes de varios grupos de discusiones anteriores. Su sorpresa fue mayúscula cuando fueron llamados por sus nombres, entre afirmaciones de malos romanos y traidores a la Patria. Sí, malos romanos los llamaban gentes que apenas balbuceaban la lengua del imperio, pero armados hasta los dientes. Después de un breve cuchicheo entre la ronda y los espías, sobrevino una lluvia de golpes, puñetazos y patadas que dejaron maltrechos a los muchachos, algunos de los cuales ni podían levantarse.

—La próxima, será mucho peor, será la última, decían con gestos altaneros.

Aquella fue la gota que colmó el vaso. Arranes tenía razón, tenían que huir o no lo contarían. Estaban marcados por sus nombres. Llegaron como pudieron a sus cubículos para recoger cuatro enseres y tomaron la decisión de salir cuanto antes, mal que bien, ya que el encuentro nocturno los había dejado marcados. A las primeras horas del alba, cuando las puertas de la ciudad se abren, tomaron dirección norte por el puente, donde comenzaban las vías que conducían a la Galia y Pompaelo, a los restos del imperio y a ellos a la libertad, una vez despejada cualquier duda al respecto.

Tomaron posteriormente la ruta de Segia que era la más segura y con menos patrullas rurales. Arranes conservaba lazos familiares allí, si bien no los había llegado a conocer nunca, y, además, dicha localidad estaba más cerca de la tierra de los brigantes, que para ellos sería más adelante, la de la libertad. Tres etapas a paso ligero y llegarían a destino, eso sí, con gran esfuerzo, ya que las fuerzas no sobraban y las secuelas del apaleamiento no cedían. La vía a duras penas permitía el paso de carretas y nada tenía que ver con aquellas que en su día fueron orgullo y ejes de expansión del imperio.

En los montes no muy lejanos al río que llamaban de los galos, hicieron provisión de bellotas y otros frutos pues el otoño había sido pródigo por parte de la madre naturaleza. Durante la segunda noche al raso, tuvieron un encuentro con unos asaltantes tan míseros como ellos. Tal fue así que dos de ellos decidieron unirse y continuar camino acompañándolos hasta Segia. Ya al final de la tercera etapa divisaron la población. Arranes, fruto de los muchos relatos que su padre y su tío habían narrado, tenía una idea errónea de aquella ciudad. Se la imaginaba rodeada de bosques, paraíso de todo tipo de animales en los que, en los años de malas cosechas, tan frecuentes en los alrededores del gran río, nadie pasaba hambre, alimentándose de los frutos que tan generosamente daban o de la caza igualmente abundante. Pronto se dio cuenta de que los bosques habían dado paso a los cultivos de cereal. El horizonte era mucho más extenso de lo imaginado y lo invadió una sensación agridulce pues aun creyendo que la agricultura suministraba mucha más riqueza a los que un día fueron sus paisanos, al menos parientes lejanos, no dejaba de pensar en los paseos, escaramuzas y exploraciones que, en su imaginación, había realizado tantas veces de niño.

No solo el paisaje era diferente a como lo había imaginado, también la aparición de conjuntos de edificaciones en mitad de la nada lo sorprendían. Fue Abulo quien le dijo, tal y como le había enseñado su padre antiguamente, que aquello eran villæ, que sus dueños o señores eran antiguos propietarios urbanos que ante la inseguridad de la ciudad habían construido sus moradas allá donde estaba su fuente de riqueza, pero también les resultaba más fácil eximirse de los impuestos que asfixiaban a otros. A tal punto había llegado su independencia del poder central que algunas, a las que llamaban castellum, se habían rodeado de altos muros y tenían hasta patrullas de defensa que hacían ronda en sus dominios para impedir, por una parte, el latrocinio, pero por otra, la huida de los siervos endeudados con sus amos.

De hecho, ya en las cercanías de la ciudad, fueron abordados por una patrulla de uno de los señores de la tierra. Muchas fueron las explicaciones que tuvieron que dar, pero al final, el aspecto pulido, si bien las moraduras del reciente encuentro con la patrulla urbana eran bien visibles, fue lo que convenció a los mercenarios y por fin pudieron llegar a Segia. No entraron. Habían llegado cuando las puertas estaban cerradas y tuvieron que esperar a la mañana siguiente junto a grupos de comerciantes y algún artesano con los que departieron información y anécdotas, siempre en buena armonía. El fuego los calentaba pues las noches empezaban a ser frías. El otoño ya estaba adelantado y se agradecía. Compartieron bellotas y algún higo que llevaban desde días atrás y que misericordiosamente habían respetado los asaltantes hasta el punto de hacer acopio de algunos frutos más y recibieron a cambio algunos mendrugos de pan que, sin poder quejarse tras todas las peripecias sufridas, les supieron a gloria.

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