Mitología
Ulises III
6 noviembre 2022

Después de la guerra de Troya, los ejércitos griegos no regresaron a Grecia todos juntos, sino que los distintos jefes y héroes con vida tomaron rumbos distintos. Y aunque la distancia entre Troya y Grecia no parecía excesiva, la intervención de dioses y monstruos podían complicar el itinerario de regreso y hacerlo largo, e incluso con riesgo de perder la vida. Vamos a dedicar este artículo a varias aventuras de Odiseo o Ulises, relatadas en la segunda parte del gran poema homérico a él dedicado.
1. Odiseo llega a la isla donde habita Calipso
El canto V muestra a nuestro protagonista en la isla paradisíaca de la ninfa Calipso (Kalypsô: la que oculta, la que disimula: en efecto, ocultaba a Odiseo), que, enamorada de él, lo retiene junto a ella. Sin embargo, la asamblea de los dioses lamenta la suerte de Odiseo, y Zeus ordena a Hermes, mensajero de los dioses y patrón de los viajeros y caminantes, para que, con el permiso de la ninfa, deje que el héroe retorne a Ítaca.
La isla de Ogigia tenía una exuberante vegetación y fauna de toda tipología: viñas abarrotadas de uvas, prados colmatados de violetas y abundantes fuentes de agua cristalina. Sin embargo, y a pesar de aquel paraje, Odiseo llora en la ribera de uno de los ríos, pues su ánimo está en su lugar de nacimiento, donde le aguardan su hijo Telémaco, su esposa Penélope y su hacienda.

La ninfa Calipso recibe a Hermes contrariada, pero acepta la voluntad de los dioses, ya que, según ella, no es posible contradecir a ningún dios ni infringir la voluntad del padre de los dioses, Zeus. Mantendrá un diálogo con Odiseo, que le confiesa su agradecimiento por la hospitalidad y su deseo de partir. La ninfa le insta a que prepare una balsa y le prepara alimentos y vestidos para el viaje, pero le presagia los duros avatares que padecerá hasta regresar a su tierra.
2. Odiseo en el país de los Feacios. El encuentro con Nausicaa
Una vez que partió, después de diecisiete días de navegación y a punto de llegar al país de los Feacios (país de Esqueria, probablemente la isla de Corfú o Creta: “Skheriê”), es descubierto por Posidón, el dios de los mares, que le envía una terrible tempestad y destroza la nave de los griegos, convirtiéndolos en náufragos. A punto de perecer, Odiseo es ayudado por la ninfa marina Ino-Leucotea (“leukê théa”: la diosa blanca), que le da su velo, y la protección de Atenea. Después de tres días de naufragio llegaron al país de los Feacios, se escondieron en la costa porque estaban sin ropa. Después de un tiempo de espera, él y sus hombres contemplaron a Nausicaa (“Naûs-Káô: la que quema barcos), que había ido con sus criadas a lavar las ropas al río, señal de sus próximos esponsales. La princesa y sus acompañantes, después de haber cumplido con su deber, se bañaron, se untaron con aceite y jugaron a la pelota. En un momento, esta cayó en un remolino del río y los gritos de las muchachas despertaron a Odiseo, que mantuvo un diálogo con Nausicaa, la cual le proporcionará vestidos y le indicará el camino a la ciudad.

En todo momento, la diosa Atenea guía a Odiseo al palacio de Alcinoo (“Alki-noös”: que tiene la mente poderosa), rey de la isla y padre de Nausicaa. Los muros del palacio eran de bronce, las cornisas de lapislázuli, las puertas de oro y plata, los sillones cubiertos con monumentales tapices y unas antorchas de oro que iluminaban la estancia. En suma, el palacio brillaba día y noche porque reflejaba la luz del sol y de la luna. Ante tal riqueza y más de cincuenta esclavos que realizaban distintos trabajos, Odiseo se quedó obnubilado. Fue invitado a cenar por el rey Alcinoo y la reina Arete (“Arétê: aquella por la que se reza) porque dudaban de que se tratara de un dios que podía haber adquirido forma humana y, si no le ofrecían la hospitalidad requerida, podrían verse castigados con desgracias.
Durante la cena sucedió un hecho llamativo: el aedo o poeta Demódoco entonó un canto rememorando las andanzas de nuestro héroe y Aquiles en la guerra de Troya, y Odiseo llora. El rey Alcinoo ordena interrumpir el canto y organizar juegos atléticos en honor del preclaro e ignoto huésped: carreras, lanzamiento de disco, salto, lucha… Odiseo será quien lanza el disco más lejos.
Alcinoo instará al resto de príncipes feacios a que presenten dones y regalos a Odiseo como símbolo de hospitalidad de la isla. En la cena, Odiseo ofrece carne de cerdo Demódoco y le solicita que cante el episodio del caballo de Troya, que lo emociona. Viéndole llorar de nuevo, Alcinoo le pide que revele su nombre. Es entonces cuando les contó quién era y cómo había llegado hasta allí.
3. El país de los lotófagos.
Terminada la estancia en casa de Alcinoo, Odiseo y sus barcos zarparon hacia el norte de Grecia, la Tracia meridional (que los griegos no consideraban Hélade), una zona entre dos ríos, pero que no pudieron desembarcar por la oposición de los lugareños. Tuvieron que reanudar el viaje sin las provisiones y el abastecimiento de agua, lo que les obligaría a viajar próximos a la costa, sin adentrarse en el mar, para estar cerca de tierra y reponer cuanto antes lo indispensable para la alimentación y la bebida de la tripulación. Sin embargo, sus intenciones no pudieron ser cumplidas porque una tempestad los empujó al interior del mar y los vientos dirigieron las naves.

Cuando la tempestad concluyó, estaban bordeando la costa de Libia, el país de los lotófagos. En él se producía la flor de loto, planta que a quien la consumía le hacía olvidar toda su vida anterior. Tuvieron que parar en dicho país para conseguir agua potable, pero algunos de los griegos, aunque advertidos por Odiseo de las fatales consecuencias del consumo de aquella planta, la probaron y comenzaron a vagar confundidos y despreocupados de todo. Odiseo temió que otros miembros de su tripulación tuvieran la curiosidad y repitieran la experiencia, y si esto se producía, volvería a perder a más hombres diestros y aguerridos, que ya habían demostrado su valentía (“andreía”) en el combate y en las vicisitudes del viaje. Por eso determinó que todos ellos se reunieran cuanto antes para levar las anclas y partir lo más rápidamente posible.
4. Odiseo y la tierra de los Cíclopes.
Continuando el viaje, arribaron a Sicilia, la tierra de los Cíclopes (Cíclope: “kycl-ops”, que tiene un ojo, mirada, en un círculo). Estos eran seres gigantescos con un solo ojo en el centro de la frente, que tenían por alimento la carne humana.

Eran antropófagos. Antaño llevaron una vida tranquila, dedicándose al trabajo de los metales y a fabricar rayos para Zeus bajo la atención de Hefaisto, dios de la fragua. Pero con el tiempo dejaron de sembrar y arar los campos, puesto que allí todo nacía sin semilla. No tenían foros públicos donde exponer sus propuestas (“agora”: plaza) ni leyes (“anomia”), sino que vivían aislados en las cumbres de las montañas, dentro de las excavadas cuevas individuales. Nuestro héroe y sus hombres vivirán una experiencia con el jefe de estos cíclopes, Polifemo.