En justicia

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Desde que empecé a darles clases a los niños, me ha impresionado su formidable sentido de la justicia. Por un lado, les admiro: si nuestros líderes tuvieran el mismo sentido de la justicia que nuestros niños, quizás la vida sería un poco más, pues, justa. Por otro lado, me da pena, porque aún recuerdo la decepción que yo mismo experimenté cuando me di cuenta de que, al fin y al cabo, la vida no es muy justa—que por mucho que proteste, al universo le importan un comino mis quejas e inquietudes. En aquel momento no podía imaginarme que algún día me tocaría a mí impartir esa dura lección. Si como niño podía sentirme víctima del universo injusto, como teacher, soy su agente.

Este cambio radical de papel se manifestó nada más empezar mi carrera como docente, y lo hizo a través del tema del baño. El primer día de mi primera clase, aproveché un incidente desagradable para enseñar a los alumnos como pedir permiso para ir al baño en inglés, e informarles donde podían encontrar dicho baño. Desde ese momento, si Manuel preguntara ¿Puedo ir al baño?, yo diría, In English, Manuel. In English. En el caso de que Manuel no se acordara como decirlo (Can I go to the toilet, please?)yo lo ayudaría, claro. Si Manuel tuviera un asunto pendiente, tanto él como yo estaríamos ansiosos de que fuera al baño para resolverlo.

La cosa es que el asunto de Manuel nunca terminaba allí. En cuanto Manuel había terminado su asunto, a cuatro de sus compis les surgían sus propios asuntos. No importaba que ya lleváramos veinte minutos estudiando inglés sin que nadie mencionara el cuartode baño—tan pronto como Manuel hubiera vuelto del baño, Julio, Sara, Juan, y Paloma levantaban la mano para pedir permiso para ir el baño en inglés, con fluidez variable.

         —Can toi please?

         —I go toi me?

         —Bwo bwoi bwee?

En aquella época, dada mi inexperiencia, no entendía lo que estaba sucediendo. ¿Los ritmos digestivos de los niños estaban sincronizados? ¿Quizás el primero en irse, el pionero, servía como una notificación de WhatsApp, alertando a cada niño sobre su respectivo asunto pendiente? Da igual la razón, por no querer un accidente, y mucho menos cinco, permitía que todos fueran al baño, uno tras otro. Y, al poco, teníamos una carrera de relevos a cámara lenta. Cuando uno volvía, otro salía. Y cuando ese volvía, otro salía. Follow the leader leader leader, follow the leader leader. ¡sígame! Podían pasar diez minutos—una sexta parte de la clase—en asuntos de baño. Yo pasaba cada clase temiendo que un niño pidiera permiso para ir al baño, iniciando así dicha carrera de relevos.

Pasaron semanas así, hasta que un día, por pura casualidad, descubrí una cosita. El pionero del día fue un tal Carlos, seguido por un tal Pepe. Poco después de que Pepe hubiera salido, salí yo también, para recoger una ficha del salón de profesores. De camino, miré por el pasillo y vi que Pepe no había entrado al baño. Se había acercado, y estaba allí, parado, mirando a su alrededor. Pensé que había alguien dentro, otro alumno de otra clase, pero cuando volví del salón, medio minuto después, encontré a Pepe volviendo al aula, también. Por lo que parecía, ni siquiera había entrado al baño. Se había acercado, había mirado a su alrededor un rato, y había vuelto al aula.

¿Pero qué te pasa, Pepe? le dije una vez que había entrado al aula. ¿No querías ir al baño?

         —Sí. He ido al baño.

         —Pero, ¿qué has hecho allí?

         —Pues, nada.

         —¿Entonces? ¿Para qué has ido?

Pepe se encogió de hombros y, por supuesto, antes de que pudiera interrogarlo más, la siguiente, una tal Lola, ya me estaba pidiendo permiso para ir al baño.

         —¿Pwee twoi me, teacher?

         —Yes, okay, Lola, le dije.

Por curiosidad, le di un momento y luego asomé la cabeza por la puerta. Miré por el pasillo para descubrir que Lola tampoco había entrado al baño. Se había acercado. La vi mirar a su alrededor un momento, luego darse la vuelta, y finalmente volver a clase.

Pero, ¿qué estaba pasando? Cuando Lola volvió no le dije nada—era hora de estudiar inglés, por dios—pero cuando acto seguido el Nacho me pidió permiso, le dije, No, ya vale con el baño, chicos. Ya está.

Con esto, el Nacho se quedó atónito. Era como si yo acabara de decirle que los Reyes habían perecido en un accidente de tráfico. Se quedó sin palabras.

Sin embargo, sus compis, sí, tuvieron palabras.

         Pero, teacher, dijo Rafa. La Lola ha ido al baño.

         Y el Pepe, también, dijo Claudia.

         Ahora toda la clase comenzó a intervenir. Es verdad, teacher. El Pepe ha ido. La Lola, también. ¡La Lola! ¡El Pepe!  Solo faltaba un canto oficial para tener una manifestación de indignaditos:

         ¡LA LOLA SÍ ha ido! ¡EL PEPE, también!

         ¡LA LOLA SÍ ha ido! ¡EL PEPE, también!

         ¡INJUSTICIA! ¡INJUSTICIA!

Lo que nos lleva, por fin, al verdadero meollo del asunto: la Justicia. Como yo no tenía hijos, no conocía el sistema de justicia infantil, que estipula que, si un niño del grupo tiene la potestad de hacer algo, todos los niños del grupo tienen la misma potestad. Si un alumno está autorizado a ir al baño, automáticamente todos los alumnos adquieren esa misma autorización. Da igual si un alumno dado tiene algo que hacer en el baño o no—tiene derecho a ir allí. Se supone que el primer alumno en ir, el pionero, sí, tendría algo que hacer en el baño—descargar un poco de yo-qué-sé, atender a los mocos—pero la mayoría de los demás simplemente quería ejercer su privilegio de ir. Querían asegurar que todavía vivían en una democracia.

Pues, en mi aula ya no viven en una democracia. Tenemos un estado de excepción, en el que el sistema de justicia infantil ha sido suspendido por el poder ejecutivo. Hoy día, salvo los casos indiscutiblemente urgentes, nadie más tiene derecho a ir al baño. Mis alumnos aprenden muy rápido que tienen que hacer sus necesidades antes de llegar, porque el teacher no tiene tiempo para tanta justicia.

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