Pintura

Vejez y soledad

Día de fiesta en el hospicio Trivulcio
Día de fiesta en el hospicio Trivulcio

Visitar el museo d’Orsay de París, templo y Santa Sanctórum del impresionismo francés es sufrir tanta dosis de pintura que apabulla, te deja sin palabras y genera, o a mí me sucede, un enorme y angustiante sentimiento de ansiedad por no poder disfrutar de semejante atracón de obras que conoces de libros y que siempre has querido ver en directo. Yo que soy de lento mirar, que me gusta analizar cada pincelada, y no es una hipérbole, qué color usa el artista y sobre todo al lado de que otro color está puesto, hace que la visita a este museo especialmente sea casi más un suplicio que un placer.

Para descongestionar mi mente de esta saturación impresionista durante mi primera visita a d’Orsay, me escapé a una de las salas laterales que se encontraba vacía ¡Oh maravilla! de gente. Un cartelito ponía «Simbolismo – Angelo Morbelli – Italia 1853 / 1919».

Confieso que ni conocía nada del Simbolismo ni el nombre de Morbelli me decía nada.

En la sala colgado sobre una pared roja un cuadro no muy grande (78 X 123cm) llama mi atención. A un costado una leyenda dice: “Día de fiesta en el hospicio Trivulcio”

El cuadro que veo parece más la obra de un fotógrafo que la de un pintor, pero sea lo que sea nunca vi un documento de la soledad y la vejez tan descarnado y tan preciso.

Cuatro ancianos ocupan posiciones simétricas dibujando un rombo perfecto. Una de las puntas, la inferior izquierda, la ocupa un hombre del que solo vemos sus manos y sus piernas; el abrigo y el bastón. Parece que aguarda el momento de partir. Aguarda, quizás ya perdida la esperanza, que hoy día de fiesta, alguien se acuerde de él y le venga a recoger, aunque sea por un día, como ha ocurrido ya con casi todos sus compañeros. Sus manos entrelazadas son una plegaria contenida. No quiere que le suceda lo de los dos hospicianos situados más adelante a izquierda y derecha, que asumida la soledad, el uno dormita con la cabeza apoyada sobre su pañuelo y el otro aprovecha el calor del único rayo de sol que se cuela por la ventana.

Al fondo, en el otro extremo, simétrico del que espera, otra figura replica su actitud de esperanza perdida.

Aunque con frecuencia se olvide, no todo sucedió en París. También había un lugar llamado Milán.

Si en Francia el Impresionismo y el paisaje acapararon la atención de los pintores, el Divisionismo y la temática social hicieron lo propio en Italia.

En su juventud, Angelo Morbelli, estudió en la academia de Brera en Milán. Y lo que retrató en sus inicios fue el cambio de Milán en una ciudad moderna. Su metamorfosis durante la revolución industrial. Esta transformación trajo consigo, además de esplendor, miseria; matiz que no escaparía del pincel de Morbelli. Los temas en sus obras —sumidos siempre en una luz contenida— son la prostitución, el hambre y el abandono. Alguien decía que sus cuadros son luminosas elegías en medio de penumbras.

Una de sus más famosas series fue protagonizada por mujeres jóvenes recostadas en sus camas. La temática puede evocar ternura o seducción, y así sería si no fuera porque dichas mujeres, la mayoría casi niñas, son prostitutas. El más famoso de los cuadros de esta serie, el de jóvenes con ropas blancas, miradas extraviadas y cuerpos abatidos, se titula Venduta (Vendida). Morbelli recurría con frecuencia a la ironía en sus títulos, no con intención humorística, sino para subrayar la denuncia social. Un pintor también es un escritor, aunque lo sea solo al titular un cuadro; como artista es consciente de que cada elemento, sea una pincelada o una letra, serán aportaciones al mensaje de su obra.

Debido a su interés por los desfavorecidos, Morbelli instaló un pequeño estudio en el hospicio de Trivulzio, sitio en el que retrató la vejez: hombres y mujeres que vivían sus últimos días en un lugar donde pasaban hambre y frío, y donde compartían la luz de las ventanas como se comparte el pan o la sopa: sin esperar placer en ello… solo subsistir.

Morbelli es un maestro de su tiempo, uno del que se habla poco porque el mundo por aquella época, y hasta nuestros días, quedó de sobra «impresionado» por otro movimiento, lo que ha ensombrecido otras muchas formas de hacer arte.

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