El Bohío Caraqueño

Un remanso oculto

22 febrero 2025

Si asumimos como un hecho que el corazón de San José es su iglesia, sus centros educativos un motivo de la esperanza, si creemos que por antonomasia es la parroquia de los hospitales, entonces nuestra biblioteca debería ser el baúl que atesora su alma. Yo lo supe hace bastante tiempo, cuando la conocí por primera vez, al subir sus escaleras y cruzar las puertas, descubrí en su interior un remanso oculto para reposarme del agobio, el ruido y del ser silvestre. Pero mayoritariamente fue el vergel hacia el pozo del saber universal, en el cual bebí el brebaje agridulce de la literatura, sumergiéndome en las profundidades hacia otros espacios y tiempos que se quedaban para siempre en lo interior, como enquistados en mi costillar.

Mi primer vínculo con la biblioteca de San José del Ávila vino a través del ajedrez, al recibir una invitación para participar en un torneo organizado por su directiva. A fin de cuentas, no tuve una participación destacada, sin embargo, la pasión que ya despertaba en mí el juego ciencia me hizo quedarme en el recinto y dirigirme hacia la sección de: Deportes y Entretenimientos, allí, un libro me hizo un guiño: Curso Completo de Ajedrez, del Maestro malagueño Ricardo Aguilera, transformando mi capacidad ajedrecista en pocas semanas. Y así inició mi relación con ella, y de a poco descubrí, que la aseveración en torno al silencio que se percibía en las bibliotecas era una falacia, porque al cabo de un tiempo escuchaba los sonidos de los libros y mientras más agudizaba mis oídos, comprendía que estos estaban vivos. A veces, eran como murmullos, otras tantas risas y canturreos, también percibía quejidos, cuando eran olvidados en algún húmedo rincón, muchos se enfermaban de tristeza y sus páginas se manchaban tornándose amarillentas, hasta el punto de fallecer.

Habituado como estaba al concierto de voces, las cuales me invitaban a su festín literario, me volví un explorador de libros y en mi búsqueda pude conocer a algunos personajes y autores, me prendí con la risa del Principito, me solidaricé con la criatura de Frankenstein, sentí compasión por Panchito Mandefuá y lujuria por la Juliette de Sade. Gracias a la biblioteca de San José del Ávila, nacieron vínculos fraternos con muchísimas más obras que perduran hasta el sol de hoy. Además del ajedrez y la literatura, siempre he sido un amante del séptimo arte, y cuando nació el cine club: Ñaraulí, encontré un nuevo motivo de celebración, la invitación era todos los sábados a partir de las dos de la tarde, se proyectaban excelsas obras de los más brillantes cineastas. Una situación curiosa siempre se presentaba previo a la película, de alguna parte del exterior, algún vecino tenía la costumbre de colocar religiosamente el disco completo Brothers In Arms de Dire Straits, entonces, me sentaba en una de las esquinas próxima a la ventana, para deleitarme por un rato, con la armonía de Mark Knopfler.


Pero de improvisto llegó el apagón, la pandemia y el medioevo. La biblioteca cerraría sus puertas hasta nuevo aviso, el claustro duró un par de años, al concluir, el recinto se mantuvo cerrado indefinidamente por un tiempo más. La espera resultó tan larga, que perdí la costumbre de caminar por su calle. Quizás, porque tenía la sensación que los libros en su cautiverio sollozaban en soledad. Hasta que un día de junio desde la esquina de San José, observé sus puertas abiertas, y no lo pensé dos veces, me dirigí presuroso en su dirección, subí sus escaleras, atravesé sus puertas y al reencontrarnos, escuché que una voz que emanaba de la colección de libros de Mad Max interpelaba: ¿Adónde debemos ir, nosotros que vagamos por este yermo, en busca de nuestro mejor yo? Y como un loco le respondí: Adonde nos lleve el corazón.

Jhonny López leyendo La ceiba de San Luis en la biblioteca San José del Ávila (octubre 2024)
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