Relatos

Saltando en uno, uno dós

2 noviembre 2024

En el hipercubo, ahí estamos, en una de las dimensiones, solo somos una de las caras. Todo nuestro universo en una figura 3D. ¿Qué más da si es o no un cubo? Eso es solo para quien necesita imaginar una forma para poderlo entender, pero podría ser cualquier figura. El todo de todos los universos es la cuarta dimensión. Las cuartas dimensiones, y todas las demás.

Uno, uno, uno dós. Uno, dós.

En eso estaba Aspiral. Sus piernas habían quedado atrapadas, al otro lado, pero pocos se habían dado cuenta, y los que lo conocían lo imaginaban con unos grandes muelles rodeando sus piernas, porque era capaz de estar en el aquí y en todos los allás, saltando de una a otra cara del gran hipercubo. En todos esos mundos todo era diferente, él también. Lo único que mantenía era el nombre. Y su capacidad para trasladarse de un lugar a otro, sorteando el infinito coeficiente de rozamiento entre las capas temporales.

Uno, uno, uno dós. Uno, dós.

Su habilidad le había proporcionado grandes emociones, el primer descubrir de grandes y pequeñas cosas. Todo lo nuevo, por nuevo y por excitante, le había mantenido unos años muy ocupado. No recordaba ni cuándo ni dónde, solo cuando fue la primera vez de cada qué.

Había intentado en alguna ocasión saltar al vacío para llegar a un lugar diferente. Pero siempre se reconocía en el recuerdo de alguna vivencia pasada. Una cara ya conocida, una fragancia ya descubierta, un espacio ya explorado. Ya no quedaba nada por desvelar.

Hasta la música se había convertido en repetición. No podría quitarse de la cabeza esa machacona cancioncilla.

Uno, uno, uno dós. Uno, dós.

La lluvia, la luna, la noche, el tiempo y el día. El tiempo y el día. Una fecha y cualquier hora y así cada otro día. Todo se medía desigual en cada lugar. Sólo él conocía todos esos mundos. Y se descubrió una vez más repitiendo la maldita canción… dándose cuenta de que él era el único que se reconocía en todas partes, el único ser singular que recordaba todo aquello que nadie más había hallado aún.

El hipercubo en expansión sería infinito de no ser porque él siempre sería consciente de que en sí mismo, él era la coincidencia. Esa repetición capaz de reconocer las variaciones de los rostros, de compararlos.

Un ciclo perpetuo de versiones fragmentadas de Él mismo.

Como si ese fuera su único propósito, explorar la multiplicidad de su ser, la dio por concluida. Comprendiendo que cualquier movimiento le llevaría a volver a los reflejos de su propio ser… y a la canción.

Uno, uno, uno dós…

No necesitaba saltar más, ni siquiera existir dentro del hipercubo, liberándose de ese ciclo y convirtiéndose en el vacío entre las caras.

Cuentan las leyendas cuentan que hubo un ser que su eterno salto llegó a comprender…

Que quien salta y no halla… En sí, debe ver.

Que no habitó fecha ni hora que lo pudiera atar, y que en ninguna cara se puede hallar.

Nadie lo ve pues sólo queda su eco. Un rastro disperso, un reflejo.

Y el día que el hipercubo quedó completo, Él abrazó su vacío. Sin movimiento.

Por eso se dice que al mirar la inmensidad, muchos son los que perciben en el vasto exterior,
la sombra infinita de su interior.

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