Como quiera que hace ya aproximadamente un año que intentamos sembrar la Haute Riviere de posmodernidá, me voy a poner hoy, serio, melancólico y profundo.
Ya saben ustedes, los lectores de estas líneas, que mi triquiñuela consiste en no decir nada, no dejar nada claro y que los lectores y el escritor se vayan de rositas.
Pero hoy les voy a hablar de mis cuadernos.
En el año 80, en la lejana ciudad de A Coruña me dio por empezar a escribir en un cuaderno de anillas: sobre lo aprendido, sobre lo sentido y respecto al sinsentido. En esos cuadernos hay de todo. Vaya una muestra.
Manuel Vicent: “dice el poeta Heine: Dios hizo el mundo en seis días y el séptimo llamó a Goethe y le dijo: haz tu las nubes”.
Oír a Laura Put y a Robi-su novio.
Ser faulkneriano.
Leer Memorias de Leticia Valle de Rosa Chacel.
Entre tanto deslizo alguna intimidad, tipo… estoy brumoso… o intento un dibujo, imitando a los suertudos que saben poner una ilustración preciosa con sus manos de dibujantes.
Más o menos es eso. Ponga un cuaderno en su corta vida.
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