La guerra de Troya: Origen

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A lo largo de estas páginas vamos a dedicar algunos artículos a la mitología clásica, que nace en la Grecia antigua de la mano de Homero, poeta ciego, a quien se atribuye la autoría de dos grandes poemas épicos: La Ilíada y la Odisea.

La Ilíada narra la expedición de castigo de los ejércitos aqueos contra Ilión o Troya, ciudad ubicada en Asia Menor (costa de la actual Turquía) en torno al año 1250 a.C., y que dura 10 años.

La Odisea cuenta cómo el astuto Ulises, después de haber luchado en la guerra de Troya, vaga durante diez años más por lugares recónditos hasta llegar a su casa, ubicada en la isla de Ítaca.

Sin entrar en cuestiones filológicas e históricas, ni tampoco en la problemática diversa sobre estos dos grandes poemas (cronológicos, autoría, etc.) solamente nos centraremos en la amplia mitología que se desprende de estas obras, continuada por otros autores de la antigüedad, y que constituyó un programa pedagógico en las escuelas griegas. Los niños griegos (“paidoi”) aprendían en la escuela los personajes que aparecían en estos poemas, pues cada uno representaba unos valores que había que imitar y preservar, ya que la educación se reservaba exclusivamente a la edad infantil (“paideía”).

Helena de Troya

Comencemos con el origen de la guerra de Troya según la mitología: Helena, singular por su belleza, era hija de Leda, que estaba casada con el rey de Esparta, Tíndáreo. Pero Zeus, el padre de los dioses que moraba en el monte Olimpo, se enamoró de ella y, habiéndose transformado previamente en un hermoso cisne, la sedujo después de que Tíndáreo hubiera yacido con ella. El caso es que Leda puso un huevo, del que nacieron simultáneamente Helena y Pólux, hijos de Zeus y Leda, que convivirán con Castor y Clitemnestra, hijos de Tíndáreo.

Cuando le llegó la edad del matrimonio, Helena se había convertido en una mujer exuberante (“ninfé”). Los textos indican que el mirar y admirar su belleza producía a quien la contemplaba un armonioso placer, causado por ser hija de un dios y una mortal.

Noventa pretendientes se disputaban la mano de Helena, hasta el punto de que el rey Tindáreo, que debía entregarla a uno de ellos, rehusó hacerlo para evitar un problema político, ya que los concurrentes eran reyes o príncipes de estados con los que Esparta tenía relaciones diplomáticas. Por esa razón, Tindáreo dejó libertad a Helena para que fuera ella quien eligiera a su futuro esposo.

Aunque el rey espartano hizo todo lo posible para evitar el enfado de los ochenta y nueve candidatos restantes no elegidos, y Ulises les hizo jurar a todos que respetarían la voluntad de Helena y que ninguno de ellos se sentiría menospreciado, se presagiaba que esa elección acarrearía una desgracia.

Helena eligió a Menelao, que era príncipe de Micenas, junto a su hermano Agamenón. Ambos se habían criado a temporadas en la corte de Tindáreo tras la muerte de su padre Atreo. Así que se conocían desde niños. En el mismo acto, se celebró también otro acontecimiento nupcial: la de Ulises con Penélope, también princesa griega de singular belleza, aunque inigualable a la de Helena.

Mientras estos acontecimientos ocurrían, se celebraba otra boda: la de Peleo y Tetis. En realidad era la boda entre un mortal (Peleo) y una diosa (Tetis), de cuya unión nacerá Aquiles (el “Pelida”). Al acto fueron invitados mortales y dioses, aunque por un despiste se olvidaron de Eris, diosa de la discordia. Molestísima, se presentó en la boda originando entre los presentes un remolino y arrojando al suelo una manzana de oro con una inscripción: “Para la más bella”.

Eris

Atenea, diosa de las artes y de la sabiduría; Afrodita, diosa del Amor, y Hera, mujer de Zeus, se disputaron la manzana. Y Zeus, como padre de los dioses, no quiso decidirse por ninguna, dado su cargo por un lado, y que Hera era su esposa, por otra. Por ello juzgó necesario dirimir aquella discusión proponiendo que fuera Paris, el hijo del rey Príamo, quien tenía mucho éxito entre las mujeres, el que  decidiese a qué diosa entregar la susodicha manzana.

Las tres diosas quieren competir por un reconocimiento público de su exclusiva belleza y sobornan a Paris: Atenea le promete la prudencia (“sofhrosiné”) y la victoria (“Niké”); Hera le ofrecía la soberanía (“basileía”) sobre Asia; pero finalmente elegirá a Afrodita porque le había prometido el amor (“eros”) de la mujer más hermosa del mundo. Esta elección hizo que Paris se ganara el odio de las diosas no elegidas.

Los acontecimientos se precipitan: el rey de Troya, Príamo, envía a su hijo Paris a Esparta y el príncipe Menelao lo recibe con todos los honores. En su estancia, debe abandonar la capital espartana e ir, en representación de su padre, a la isla de Creta a un funeral. En este viaje es acompañado de Helena, que lo agasaja como ilustre huésped.

Entre los agasajos surgió el amor y, cuando Paris debe regresar a Troya, Helena lo acompaña.

Paris

Menelao ofendido, busca la ayuda de su hermano, el rey Agamenón, que reúne a otros reyes y príncipes aqueos, para partir en naves hacia la conquista de Troya, recuperar a Helena, que cree ha sido secuestrada por Paris, y destruir la ciudad.

Características de la mitología:

  1. Los dioses griegos conviven con los humanos, se mezclan con ellos y mantienen relaciones de amistad, odio, e incluso tienen descendencia.
  2. Las divinidades griegas tienen las mismas virtudes y defectos que los humanos.
  3. Hay un determinismo de los acontecimientos: los oráculos. Pero también la discordia entre los dioses provocan las guerras entre las naciones.
Dibujos de Katy Hernández Marrero

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