Historias Invertebradas

El día de la escritora que no fue

4 noviembre 2021

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Hace un par de semanas atrás se celebró el Día de la escritora, curiosamente no recuerdo haber visto entre los estados de WhatsApp, historias o feed de Instagram mención alguna sobre tal celebración, de hecho, acudí ilusionada a la columna semanal de Leila Guerriero para leer su tributo al oficio que ella encarna con una estética muy particular, pero tampoco hubo publicación alguna. La BBC de Londres hizo un reportaje cuyo titular era algo desalentador, pero que en cierto modo tenía sentido, decía, “las mujeres que escriben, se suicidan”. Mi curucutear* en torno a esa celebración produjo pocos resultados, y vale decir que, aunque en la actualidad hay mayor difusión de textos escritos por mujeres y adicionalmente la base mayoritaria de la comunidad lectora está representada por el género femenino, esta realidad no suele ser noticia.

El día de la escritora transcurrió pues silenciosamente, como la mayoría de temas donde las protagonistas son las mujeres que han asumido otros derroteros, cabe destacar que es distinto con la celebración del día de la madre, donde la desmesura de adornos, odas y grandilocuentes palabras inundan todos los rincones de las familias y la publicidad, y al día siguiente todo retorna a la normalidad, solo volvemos a ser noticia, y sobre todo en la prensa sensacionalista, cuando ocurre un feminicidio o femicidio, entonces parece ser que la condición de madre o la muerte violenta es donde el ser mujer adquiere realce, la escritora Laura Freixas afirma lapidariamente que las mujeres tienen una consideración solo como creadoras de seres de carne y hueso y no creadoras de obras del espíritu.

Justo por esos días me encontraba escrutando entre los libros viejos, usados y baratos que ofrecen los libreros de las estanterías ubicadas debajo del puente de Fuerzas Armadas, una gran estructura de hierro que conecta el sur con el norte de la ciudad de Caracas. En mi búsqueda estaba deseando una suerte de milagro, que alguien bajo el apremio de dinero o el aburrimiento de leer un libro escrito por una mujer, hubiese dejado en ese atribulado y polvoriento lugar el texto Una vida subterránea de la escritora española Laura Freixas, que había sido publicado hacia casi 10 años atrás. Le pregunté al librero sobre ese título y autora, aquel hombre tenía una apariencia noble y un poco ansioso de vender algo, me miró con cara extrañada y pensativa y rápidamente me respondió, «no tengo nada de ella, pero si puedo ofrecerle…» se apresuró a listar de seguidilla como rosario varios autores, “libros de Ernerst Hemingway, Paulo Coelho, Miguel de Unamuno y también  buenas ofertas de útiles escolares y libros de texto para sus hijos” amablemente lo miré, y quise repreguntar nuevamente por otro texto escrito por una mujer pero me percaté que lograría la misma respuesta, reanudé mi búsqueda por otros estantes concluyendo que definitivamente pasarían muchas lunas y soles para que los libreros dispusieran de renovada literatura feminista.

Una de las librerías bajo el puente de las Fuerzas Armadas

En ese andar me surgieron un par de preguntas inquietantes: ¿Desde cuándo no tenía un libro nuevo entre mis manos? ¿Desde cuando no sentía ese perfume de hojas limpias de un libro recién publicado? No pude recordar con precisión fecha alguna pero ciertamente había transcurrido un tiempo importante, muchos años, tal vez. Por un breve momento me sentí abrumada por ubicarme en los extremos de la periferia, constatar que entre las palabras vertidas en papel desde diversos horizontes geográficos y yo, había una gran muralla, y que ni siquiera con algún puente de hierro podría cruzar la lava espesa que nos separaba y treparme entre sus paredes para finalmente oxigenarme y transitar otras formas de describir la alegría, la tristeza, es decir, lo humano; En definitiva, ansiaba experimentar lo universal y trascender lo local y en cierto punto elevar mi dimensión personal limitada, reducida y a veces, porque no, extraviada; buscaba pues una inusual manera de combustión espontánea.

Estoy convencida que leer y escribir es un péndulo inseparable, por ahora solo les comenté del muro de roca caliza que existe para consumir literatura imaginemos pues el tamaño de la brecha para escribir desde la condición de mujer, y más aún para la mujer mestiza y de clase trabajadora del sur y así podríamos añadir muchas capas a riesgo de ser calificada de resentida.

Vuelvo a mi casa al caer el crepúsculo en un viejo autobús azul atestado de gente voy de pie apretujada a otros cuerpos y sin el libro, miro por la ventana y pienso que la senda del Caribe siempre ha sido de transgresión permanente para abrir paso a otros mundos posibles y así poder existir, imagino entonces otro modo de circulación y producción literaria sin barreras, donde la palabra de los condenados de la tierra tenga lugar, entonces no experimento tristeza ni melancolía me siento acompañada por aquellas poetas salvajes que abren surco en medio del desierto y que su combustión espontánea ha crepitado y trascendido el día de la celebración de la escritora.

*Curucutear: Hurgar en cosas propias o ajenas.

Día de la escritora: 18 de octubre.

Música: Hasta la raíz (Lafourcade) por Susana Baca.
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