Relatos
Alquimista de grises y negros
22 febrero 2025

Al llegar él todo se iluminaba de verdes y marrones. Había caminado tanto entre esos colores que los arrastraba a su paso y dejaba todo impregnado de ellos con sus luces y sus grises, un abanico de verdosos y tierras, translúcidos y opacos.
Había sido alquimista, de cristales, creando en ellos almacenes infinitos de energía. De todas las energías posibles. Había experimentado con metales, pociones y elementos. En la alquimia de la luz había conseguido crear rincones que nunca se llegaban a apagar, por más oscuridad que los rodeara, y había practicado sus artes con las sombras, fabricando lugares que nunca se iluminaban y se tragaban cualquier haz de claridad. Manipulaba a su antojo la oscuridad creando ilusiones capaces de confundir a las propias sombras reales. El efecto de este fenómeno tenía consecuencias inesperadas, porque siempre se ha pensado que la sombra sólo es una proyección, pero no. No es así, la propia figura gris sobre la pared puede tomar vida, tan solo con encontrarse con el reflejo adecuado de su propio ser, momento en el que reclama su derecho a tener iniciativa. Es entonces cuando las personas pueden llegar a hacer cosas que no reconocen como voluntarias y los objetos se mueven cuando no debieran según nuestro entendimiento. Las siluetas reflejadas en la pared están limitadas a los planos donde se reflejan, pero cuando ellas deciden, transmiten su movimiento al objeto o persona con el que se identifican. El alquimista reconoce esas sombras que de vez en cuando toman el control, y les otorga más autonomía, y se sienten poderosas, y sueñan con ser dueñas del universo. Del de los sueños, porque ahí sí que no encuentran resistencia alguna. Cuando empiezan los primeros rayos de sol, mientras todo está dormido aún, las sombras juegan a que todo es posible.
Un día, cuando nuestro protagonista dormía, su propia sombra se despertó,
para quitarle su yo, para saber todo lo que él sabía,
que era mucho, demasiado, un montón.
El alquimista ya no distinguía si despierto o dormido poseía el control
ni de cómo se movía ni de lo que decía ni de su razón.
No sabiendo si lo que hacía salía de su pensamiento,
empezó a atrapar sombras en movimiento,
con el fin de que no pudieran tomar más cuerpos y hacer lo que quisieran con éstos.
Pero cada día empezaba de cero,
porque al dormir perdía todo lo que hubiera conseguido, es lo que pasa si te desdoblas, que todo lo que sabes tú, lo sabe tu doble secreto.
Así decidió no dormir, aunque no estaba seguro de que ese fuera el remedio…
Y cuando llevaba ya así, en insomnio perpetuo, vagando sin rumbo no solo días sino años completos…
Se plantó ante su sombra y le dio un último consejo:
Ándate con ojo, que no te tengo miedo, me tienes que cuidar o se te acabará el cuento,
y como pudo anduvo hasta el lugar donde está el centro,
donde nada hay cerca, donde lo más cercano es el absoluto silencio.
Y allí permanece anclado, el mismo inventó un candado perfecto,
nadie ni él mismo puede abrirlo y así se asegura que su sombra no podrá hacerlo
y convive con ella sola, y con las que atrapó en su momento,
pero no pueden usar nada ni nadie porque ni cerca ni lejos hay nada en movimiento.
Lo mantienen con vida para tener un sustento y tener una posibilidad de huir, un intento.
Intentan que flaquee y les deje marchar de ahí usando su propio cuerpo,
Y aunque ya han conseguido convencerle, no pueden desencadenarle por el momento.
Y cuenta la leyenda que si un día te pierdes y en medio de nada ves a ese hombre, has de salir corriendo,
Solo con verlo de lejos estás a su alcance, te dará caza su sombra, las mil que le dan tormento,
Y alcanzarán primero tus sueños y luego se adueñarán de todo tu universo…
Bañando todo de grises y negros.
Buh!