El Bohío Caraqueño

Markolino

Jhonny López Jhonny López 2 min de lectura
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Markolino

Si Markolino hubiese nacido en Caracas, su llanto de recién nacido habría retumbado en un zaguán de la parroquia San José. Si el destino no se hubiese equivocado de mapa, su cuna no hubiera estado en Filadelfia, ni su padre hubiese sido un fantasma de La Habana Vieja sino el mismísimo Cruz Crescencio, el rey de las fugas, cobrándole a la muerte un último deseo de gracia.

De haber sido así, se le vería crecer junto a Carlos Tabaco y su cajón de limpiabotas, esquivando la mirada de Moncho Brujo en la puerta de "Las Tres P". 

Fue allí donde, escuchando desde lejos el piano elegante de Pat O’Brien. Tanto le rondo y le insistió, que en una lluviosa tarde el músico lo invitó a pasar para sentarlo a su lado y enseñarle sus primeros acordes. 

Años después, en las madrugadas de la esquina de San Enrique, habría llevado consigo la memoria de aquella invitación al teclado, se reuniría con Víctor Cuica y los hermanos Pacheco a ensayar con el jazz y la salsa caraqueña. Su piano, lejos de la pulcritud de los grandes salones, sonaría a calle húmeda, a neblina y a conversación de amanecidos de acera, como si cada nota intentara rescatar del olvido la ciudad que lo parió en otra realidad. Sentiría que la bohemia, más que un oficio, sería su manera de corregir los entuertos del destino.

Su fama de virtuoso se regaría como la pólvora, acompañando al combo de Federico Betancourt, a Los Dementes y al Sexteto Juventud. Pero la luz siempre camina junto a la sombra, y con ambas se codearía tanto en el pasillo de alfombra roja como en el callejón de los vicios. En esta otra dimensión latina, habría podido sortear la adicción, sacudiéndose el barro para continuar dándole brillo a las teclas.

Si Markolino hubiese nacido en la ciudad de los techos rojos quizás, no habría tenido una mala muerte, de esas cargadas de soledades y depresiones. En ese laberinto de esquinas y tabernas que a medias existieron y a medias se sueñan. Allí quedaría sembrada la añoranza de los viejos salseros que jamás llegaron a conocer la magia de sus manos. Su destino habría cambiado. Se lo habrían tragado las aguas del Orinoco, junto al Grupo Madera en aquel fatídico día. Habría ido a buscar sin saberlo, el mismo río que mató de encanto a su padre, Cruz Crescencio quien cayó por la espalda con una sonrisa en los labios y un libro de Julio Verne aferrado a la mano. Padre e hijo arrastrados por la corriente de un mismo misterio.

Música:
The Hustler, Willie Colon
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