Zhu
Autor de la foto Parsifall
La escuela media Leopardi estaba ubicada en Jesi, una pequeña ciudad de la región de Las Marcas. Su capital, Ancona, estaba bañada por las aguas del Adriático. En las noches de principios de los noventa, bastaba asomarse a sus costas para divisar lúgubres luces y sombras de lo que estaba ocurriendo de la rota Yugoslavia.
El salón albergaba a un alumnado variopinto: italianos que buscaban nivelarse y extranjeros que necesitábamos la secundaria para abrirnos paso en ese nuevo entorno. En secreto, acariciaba una meta más alta, llegar a la Universidad de Perugia. Por fortuna, las materias no me resultaban un problema y con el italiano me defendía cada vez mejor, lo suficiente como para adaptarme al ritmo de las clases.
Entre esos compañeros me topé con Zhu, un inmigrante chino que se hacía llamar así, a secas. Nunca me atreví a preguntarle si ese era su nombre completo o solo un fragmento. Siendo forastero, aprendí pronto a hacer de la cautela una virtud y a no indagar jamás en los asuntos ajenos. Nuestra amistad nació precisamente de ese entendimiento tácito, un código de inmigrantes.
Zhu andaba siempre perdido con el idioma y llegaba al salón arrastrando los pies tras jornadas interminables. Despedía un olor denso a aceite viejo, impregnado en la piel. Miraba sus manos gastadas, sus ojos rendidos por el sueño, y en mi mente iba armando el rompecabezas de aquel restaurante. Él nunca se quejó, su cansancio tenía una palidez propia.
Me contó con un italiano a tropezones, que la razón de su ostracismo no venía de una guerra, sino de un pecado público: lo habían echado de su tierra por dormilón. En una sociedad que marchaba al ritmo ciego de la producción, su debilidad por el sueño era una afrenta imperdonable. Se marchó buscando el futuro afuera, sin saber que para el inmigrante el descanso era un lujo aún más caro.
Durante una pausa de la clase, mientras miraba lánguidamente un mapamundi colgado en la pared, me preguntó: “En tu país, ¿hay otros como yo?” Quise responderle que sí, que abundaban como el arroz chino, pero me contuve. Me limité a asentir con la cabeza. Supuse que le aliviaba comprobar que su gente también habitaba el reverso del mundo.

En las noches no podía evitar conectar las piezas de mi entorno. Las noticias recordaban que, tras el Adriático el dolor flotaba en el aire como un eco sordo. Al abrir los ojos en aquel salón de clase, descubrí que la violencia operaba en dimensiones distintas a la guerra vecina, una hostilidad silenciosa que se colaba sin hacer ruido. Detrás de aquel olor penetrante a aceite viejo, se adivinaba una opresión más sutil y devastadora, materializada a pocos metros de mí.
La última tarde que lo vi en el aula, traía un moretón en el rostro y la mirada fija en el pupitre. No me atreví a preguntarle nada. A los pocos días, el restaurante amaneció con la puerta chamuscada por el fuego. Clausuraron el negocio y jamás lo volví a ver en la escuela. Pronto, su asiento vacío fue ocupado por una mujer taciturna que venía de los Balcanes. Me observaba siempre de reojo, con una distancia fría en la que era imposible descifrar si había desagrado hacia mí o el peso de su propia tragedia. Ante esa mirada, solo me quedaba la esperanza de que Zhu hubiera logrado ponerse a salvo, y que el destino por fin le concediese el derecho de encontrar un sitio donde pudiese dormir largo y tendido.

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