El Bohío Caraqueño

Petróleo Crudo

Jhonny López Jhonny López 4 min de lectura
Petróleo Crudo
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Petróleo Crudo

Cruz Crescencio Mejías, carupanero de nacimiento, era tan negro como una noche sin luna. En aquellos días, cuando se inició la explotación del excremento del diablo, sus amigos lo apodaron Petróleo Crudo. Desde niño encaró sus diferencias a puñetazos.

Las penurias y el hambre de su adolescencia, marcadas por la pobreza, lo empujaban a robar mangos y cambures* a los arrieros para compartirlos con los más pequeños y desvalidos. Por eso entraba y salía del calabozo una y otra vez, hasta que la marina mercante se convirtió en su salvación.

Se alistó en un barco de bandera estadounidense, navegó mil mares y surcó una infinidad de aventuras. De tanto zarpar, forjó amistad con un brasileño llamado Agapito: marinero de malas mañas, antiguo estafador de puertos y bohemio empedernido.

Durante una travesía por el Atlántico, anclaron en puerto normando y llegaron juntos a París, Agapito conocía bien esos rincones de la Ciudad Luz de los años 30. Lo paseó a Cruz Crescencio por los recovecos más bohemios y sórdidos: cabarets ocultos, cafés cargados de humo y artistas errantes. Allí pudieron presenciar y embelesarse con Josephine Baker la reina del jazz, que incendiaba las noches con su voz y su fuego caribeño.

De retorno a Venezuela, la embarcación hizo escala en Nueva York y entró en la bahía del Bronx.  Cruz Crescencio contempló la Gran Manzana: rascacielos altivos y un mar de luces. Al pisar tierra firme, corrió desaforado, dejando atrás barco, tripulación y a Agapito.

Se perdió entre las luces de neón y, para ganarse la vida, se hizo boxeador de baja categoría en gimnasios apestosos a mala muerte, donde alguna vez entreno Joe Louis. Ganó algunos combates, pero la fortuna le fue esquiva. La ciudad se tornó hostil, el frío del invierno se le metió en los huesos y del hambre jamás pudo despojarse.

Como pudo, regresó a su terruño, buscando el sosiego bajo el sol del Caribe. Se trajo un triunfo espiritual: aprendió inglés y francés en esos viajes, y le agarró el gusto por la bohemia y la literatura.

Caracas lo recibió sin concesiones. Si en Nueva York el racismo se alzaba como ley hostil, aquí encontró una discriminación más insidiosa y sutil, escondida tras la cordialidad del ambiente, que le negaba oportunidades con una sonrisa amable y una puerta cerrada. Percibir ese desprecio silencioso, sumado al hambre que nuevamente le acechaba, lo empujaron hacia los hábitos de su infancia, pero ahora con la destreza de un hombre de mundo.

Volvió a las andanzas, puliendo el hurto hasta convertirlo en arte y de a poco, se transformó en leyenda. Sus fugas eran su firma: se escabulló de los muros sombríos de La Rotunda y en una de sus tantas caídas en el penal de Tacarigua, se reencontró inesperadamente con Agapito, quien purgaba condena en el mismo presidio.

Ambos, sellaron su último pacto de libertad lanzándose a las aguas del Lago de Valencia, nadaron hasta tierra firme, se dieron un abrazo de despedida y se separaron para siempre, pues el brasileño puso rumbo de vuelta a su tierra, para no volver jamás.

Aquellas proezas lo elevaron a la categoría de ídolo popular, capturando la imaginación del pueblo. Solo hubo una fuerza capaz de eclipsar su nombre en las crónicas de aquel año 35, el día que, en el puerto de La Guaira, desembarcó el Morocho del Abasto, deteniendo por un instante el pulso del país.

Tras las rejas, Cruz encontraba su verdadera voz, se transformó en poeta y ensayista para las páginas de La Esfera y El Universal. Años después, beneficiado por un indulto presidencial, intentó alejarse de su antiguo oficio. Pero la fuerza del destino terminó por arrastrarlo de nuevo a la penumbra.

Una noche, mientras desvalijaba una casona, la curiosidad pudo más que la astucia, en la estancia principal, una biblioteca inmensa lo detuvo en seco. Incapaz de resistirse, tomó un ejemplar de Julio Verne, se sentó y se dejó llevar por las letras hasta quedarse dormido. Al amanecer, los dueños de la casa lo sorprendieron y el caos se desató. Cruz huyó despavorido con el libro apretado contra su pecho.

En la esquina, una patrulla le cerró el paso, no hubo voz de alto, el oficial de chapa número 350 le disparó tres veces. Mientras la vida se le escapaba entre el asfalto y el plomo, Cruz Crescencio Mejías no imploró piedad, solo alcanzó a pronunciar el nombre de su última travesía: ¡El Soberbio Orinoco!

 

Música:
Entering The Black Hole, Hugo Kant
Zouzou
, Josephine Baker
C'est Lui, Josephine Baker

Vocabulario:
*Cambur: plátano
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