El cometa desde el pasillo
Todavía me pregunto cómo es posible que ya nadie recuerde el gran cometa del noventa y siete. En mil novecientos ochenta y seis, el Halley había causado un alboroto sin precedentes, una fiebre colectiva que terminó en decepción, porque casi nadie pudo divisarlo en el cielo caraqueño. Pero este imponente astro de doble cola se dejó ver como un faro colosal en el firmamento, aun así la memoria de la gente lo borró con una facilidad pasmosa, convirtiendo el milagro que tuvieron ante los ojos por el mito de algo que jamás vieron. Me estremece pensar que la última vez que ese gigante de hielo y polvo nos visitó, la humanidad apenas salía de las cavernas en la Edad de Bronce, mientras florecían las primeras civilizaciones. Cuatro mil años después, el cometa regresaba y me encontró contemplándolo desde aquel pasillo del hotel Ávila.

Mientras el viajero silencioso seguía su ruta imperturbable, a mis espaldas se desplegaba otro universo, igual de complejo, atrapado entre las alfombras, las historias y el lujo de ese recinto de cinco estrellas. Allí, en mi rutina de subir y bajar maletas ajenas, de abrir puertas y marcar pisos en el ascensor, transcurrían las horas que, aunque tenía sus encantos, a menudo me dejaban la sensación de estar canjeando mi propia vida por un sueldo de supervivencia. Aquel microcosmos estaba lejos de ser un páramo inerte. Por sus pasillos orbitaban personajes memorables, vivos y muertos: desde los espectros que los viejos empleados de antaño le adjudicaban a las habitaciones, hasta las hermosas damas de la noche que aliviaban la pesada soledad de los huéspedes.

En esa constelación, convivía el dueño de un banco, náufrago de su propio divorcio, quien siempre regresaba tan ebrio que ni siquiera lograba encontrar su habitación. Me tocaba acompañarlo, abrirle la puerta y, a cambio, no solo recibía una generosa propina, sino también su estima y su confianza mientras desahogaba conmigo sus penas, borrando de un plumazo cualquier jerarquía. Un piso más abajo, oculta en su propia penumbra, sumaba medio siglo viviendo una anciana judía, a quien apenas alcanzaba a ver tras la puerta entreabierta cuando sus hijos venían a visitarla, aferrada al eco de su esposo fallecido y con el único deseo de morir en el mismo sitio.

Después de medianoche, cuando el movimiento del hotel bajaba y el deber me daba una tregua, buscaba el silencio del pasillo abierto. No lo hacía por evadir mis labores, sino por el puro placer de respirar la noche a solas. Fue precisamente bajo el influjo de aquellas madrugadas, mientras el cometa cruzaba el cielo, cuando sentí que habitaba tres mundos a la vez: la inmensidad de la bóveda celestial, el microcosmo del hotel con su tedio nocturno y mi propio ser buscando sosiego. Me desconcertaba que algo tan colosal fuera invisible para los demás, la gente parecía haber olvidado mirar hacia arriba. A veces me pregunto si el cometa no habrá sido un recolector de almas que vació el interior de las personas de aquella época, o sí, en el fondo, solo reclamó una fracción mía. Me queda la sospecha de haber sido el único testigo de ese viaje en el pasillo, la certidumbre inquietante de que un pedazo de mi ser se marchó con su estela.
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