El guiño de Morella
A mis cinco años aprendí, de un solo golpe, que la solemnidad era un traje que me quedaba grande. Ocurrió que una tarde, cuando unos vecinos andinos, de costumbres conservadoras y habla pausada, pidieron a mi madre que yo fuera el paje en su boda. Me vistieron de manera muy peculiar: un esmoquin azul combinado con unos pantalones cortos a juego, corbatín y chaleco negro, camisa blanca y unos zapaticos de charol relucientes.
Parecía un angelito sacado de una estampa religiosa. Mientras caminaba hacia el altar de la Iglesia, todas las miradas me sonreían, a mí, lejos de halagarme, me hacían sentir profundamente fuera de lugar.
Mi única tarea era llevar las alianzas en un cojín sin tropezar, una responsabilidad que a esa edad pesaba como cargar sobre los hombros el destino del mundo. El templo estaba abarrotado y un incienso denso me provocaba nauseas. De pronto, una voz enorme, profunda y solemne comenzó a elevarse hacia la cúpula: el Ave María, interpretado por la inolvidable voz de San José a la que todos admiraban. Yo la veía imponente, entregada a la canción.

Nadie previó el drama. En medio de una nota alta, el suelo pareció desvanecerse bajo la cantante. La asistencia se estremeció, su cuerpo se desplomó y, antes de que nadie reaccionara, cayó sobre mí. El cojín salió volando, y el sonido sagrado se rompió en el tintineo profano de dos anillos de oro rodando por el suelo.
Entonces se desató el verdadero infierno. Unos corrieron a socorrerla, otros se pusieron a gatear entre los bancos en busca de los anillos, en un caos de gritos y sollozos. Ignorado y aplastado, sentí una angustia insoportable. La incomodidad del traje y el susto me hicieron estallar en un berrinche: lloré a gritos, pataleé y lancé manotazos a quien intentara tocarme. Me convertí en un torbellino azul. Presa de la rabia, le vomité encima a la madre de la novia, mientras esta lloraba y el novio solo balbuceaba. Yo no dejaba de resistirme.

Mientras mi madre me sacaba a la fuerza, arrastrando mis zapatos de charol. Cuando, por fin, lograron levantar a la cantante, ella me buscó en medio del desastre. Ya recuperada, fijo sus ojos en el pequeño que había convertido aquella boda en un absoluto caos. No vi reproche, vi una sonrisa cálida y un guiño que me dejo en duda: ¿era perdón por haberme caído encima o un refugio de amparo? Nunca supe si los novios llegaron a contraer nupcias o si la ceremonia quedó rota para siempre.
Una semana después, cuando se cumplió el severo castigo que me impusieron en casa y pude volver al callejón, me topé con algunos familiares de la novia. Sin trajes ni sonrisas, me dirigieron miradas de reproche que delataban un resentimiento vecinal.

Ese malestar duró poco, se mudaron y desaparecieron de mi vida. Me harían falta muchas otras caídas para descubrir que, en medio de mi espanto, la cantante no juzgo mis errores, sino que me ofreció consuelo. Aquel guiño de maternal ternura en Morella Muñoz, me revelo que siempre hay una forma noble de levantarse.
Música
Canto de Pilón, Morella Muñóz
Aria de Schubert
Canción de Cunta, Morella Muñóz
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Ponche