Sentir: Devoción
El cántico de Simeón (Nunc dimittis) es un pasaje del Evangelio de San Lucas. Describe el momento en que el anciano Simeón, tras recibir al niño Jesús en sus brazos en el Templo, alaba a Dios por dejarle ver al Salvador antes de morir.
Al parecer, la escena fue pintada por Rembrandt en varias ocasiones. La versión que encabeza este artículo fue pintada en 1631, cuando el pintor tenía 25 años. Al pie de las escalinatas del inmenso templo, donde diversos personajes oscuramente observan, aparecen iluminados desde el interior del cuadro la Virgen María y San José que sostiene las dos palomas de la ofrenda, y Simeón, quien sostiene el Niño Jesús y mira extasiado y canta.
"Ahora, Señor, puedes dejar que tu siervo se vaya en paz, conforme a tu palabra; porque mis ojos han visto tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel".
Eso parece que vemos, vemos la mente. La inmensa construcción mental como templo que acoge emociones, expectativas, ofrendas, historias, evangelios, tradiciones, leyendas, explicaciones, pensamientos… vemos los objetos de la mente. Vemos el mundo bien explicado.
Pero no vemos la realidad. La luz del sol que es la vida alumbra el rostro de un anciano, emocionado, tocado por las preguntas de sus últimos años. La madre, una vecina cualquiera de Rembrandt que acaba de tener un hijo, mira sorprendida la emoción del anciano, y escucha dentro de su canto su propio interior: la luz que cruzó su vientre, que el mundo le ha ofrecido y ella ha ofrecido al mundo. Ese padre o vecino cualquiera sostiene las dos palomas con la paciencia de quien acude al ritual obligado por los siglos, las tradiciones, las historias contadas y todas las que quedan por contar bajo los espesos muros de la mente, del templo de la mente, de cada mente, de cada siglo.
Al final de su vida, Rembrandt volvió al tema. En 1669, pintó el vacío entre sus dos manos, pintó la distancia que sostiene, al final de una vida, la mirada. No hay templo, no hay personajes, no hay pensamientos, no hay objetos en su mente ya. No hay explicaciones. Sus manos sostienen la emoción de una vida que se está escapando, que le ha cruzado, que el mundo le ha ofrecido, y él ha ofrecido al mundo. Que no es suya, pero continúa encima del vacío, en sus propias manos. La pincelada es gruesa, se podría decir que pintó con los dedos. El cuadro quedó inacabado. Algún discípulo suyo se encargó de añadir a la figura que está ligeramente detrás. Ese discípulo no había comprendido el vacío que el anciano sostiene. La distancia, la realidad, que su interior ha tocado, alejándose de los objetos, de las historias, de las palomas, de los templos construidos por la mente.

Eran pueblos nómadas. Durante los primeros siglos de nuestra era. Por tierras de Siria y Persia. Con frecuencia, unas trazas de ceniza, excrementos y restos quemados por el sol señalaban el lugar del abandono, un espacio que alguna vez fue morada y hogar, campamentos abandonados en mitad del desierto.
Eran trazas o cenizas, pero también trazo y, por lo tanto, escritura.
Es célebre la gran oda de Imru’ al-Qays, que nació en Kinda, en pleno corazón de Arabia, el año 501 despues del niño Jesús. Los dos primeros versos de su oda dicen:
“Deténganse ustedes dos y lloremos ante la memoria de un amante
y un hogar al borde de sinuosas dunas entre ad-Dakhol y Hawmal”.
En el sentir beduino, como cita Federico Corrientes en su estudio sobre Las diez Mu’allaqat, la poesía era “una cosa que se agita en nuestro pecho, y que nuestros labios profieren”.
Pero esto parece ya otro tema, otro templo, otro pueblo… o acaso ¿es el mismo? ¿el mismo vacío, el mismo desierto dentro del corazón humano?
Sí, deténgase ustedes, pasen esto íntimo de mano en mano, y cantemos el espejismo: telas, vergel, tacto, camellos, aromas, especias, campamentos de los sentidos alzados durante un instante fugaz en el más profundo desierto: el del cuerpo que se desenvuelve o deshilvana en impulso o espíritu o expresión.
Ahonda la mano la entraña del vaso
y vuela el cristal que mira.
La gracia estremece contra el labio
un roce tan fresco y manantial
que ahora comienza todo.
Diminutas esquirlas de realidad
construyen el mundo con paciencia
humilde
paso a paso, como si la ternura fuera
el origen del universo.
Hay brisas que llegan de oriente.
Y un murmullo de voces
salpica
de nube las calles del mercado.
Telas, vasijas, tintineos de sol reflejado.
Cuentos y alboradas.
Todo el futuro sucede y abre el instante,
y se suelta el universo de la mano
que sostiene con suavidad el cristal.
Bebes.
El aroma de las especias cruza
bajo los arcos encendidos de color
y una alegría serena que llega
desde muy lejos brilla en los labios.
(Las frases en cursiva son citas del libro La oración de Narciso, poemario del autor de este texto publicado en Karima Editora en 2023)

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