Donde las aves Anidan

Turiasso

foto tomada de wikipedia
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La primavera estaba avanzada y los preparativos bélicos también. Las distintas partidas se empezaban a reunir y congeniar. Junto con las instrucciones del ámbito militar, se acompañaban charlas comunes, e intercambio de impresiones, es decir, confraternización. Al principio fue muy dificultoso pues, al estar agrupados por gremios en distintos campamentos, habían adquirido todos ellos la costumbre de utilizar su peculiar jerga, algo engorroso a la hora de entablar conversaciones cruzadas. No obstante, utilizando mal que bien como vehículo la lengua de Roma, lograban entenderse.

Poco a poco, aunque la procedencia era de lo más variado, la mayor abundancia de elementos de la zona hizo que esa jerga se fuese imponiendo a otras, pero con un sincretismo lingüístico admirable. Se decidió reunificar campamentos para acelerar ese proceso y, como en cualquier reunión multitudinaria, fueron surgiendo determinadas filias. El curso del gran río era largo, muy largo y había gentes de aguas arriba, más allá de Calagurris que se entendían bien con los del valle medio, al igual que los de aguas abajo, pero los que provenían de las montañas, tanto al norte como al sur, incluyendo de alguna manera a Abulo, más acostumbrados a manejar ganados, tenían ciertas dificultades, que fueron disminuyendo con el paso del tiempo.

El tiempo pasaba y la primavera también. Tal y como habían pronosticado los augures, el año se terminó de torcer con una primavera seca, lo que hizo más apremiante la «confiscación» de alimentos. Esto aceleró los acontecimientos y Basilio decidió que había llegado el día de marchar. Alguna ventaja tenía un año seco y es que el gran río se podría vadear por varios lugares, evitando el paso por Tutela y el consiguiente enfrentamiento con el destacamento militar.

Así se hizo. Llegó el gran día y enfilaron hacia el sur, primero la caballería y gentes de armas en general. Gran parte de ellos eran mercenarios germanos desertores ahora fieles a la revuelta. Posteriormente, toda la heterogénea infantería procedente del campesinado rural y urbano y, por fin, la tropa de apoyo e intendencia. No eran muchos, ciertamente, pero ahora sí eran algo parecido a un ejército.

La tarde anterior, se habían apostado al sur de la terra ignota, desde donde ya se divisaba el gran río. Los exploradores habían señalado dos lugares fáciles de vadear, aguas abajo de Tutela, a unas cuatro o cinco millas. Basilio decidió utilizar los dos, uno para la gente de armas y el otro para el resto, ya que quería llegar con los primeros al anochecer o ya entrada la noche a las puertas de Turiasso. Bordearían Cascantum por el flanco de levante y atravesarían la vía principal que conduce hacia los astures. El resto esperaría al mediodía siguiente en los alrededores para tomar el botín y dejar la ciudad lo antes posible.

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Al fin llegaron a los alrededores de Turiasso como estaba planeado con la idea de entrar con las primeras luces del alba. Los encargados de abrir las puertas, que pensaban actuar antes de que estas se abrieran según la costumbre, se introdujeron por zonas deterioradas de la muralla que ellos conocían. Una vez dentro, se reunirían con varios cómplices con los que dejarían libre el camino. A una señal luminosa desde el exterior, se procedería a la apertura rápida y entrada en tropel, poco antes de que la ciudad se despertase y el destacamento militar ocupase posiciones más allá de las rondas.

Con tremenda precisión, las gentes de armas entraron en la ciudad y se dirigieron a los principales centros que debían tomar y saquear. La mala fortuna hizo que la ronda tuviera tiempo de avisar a los mercenarios del destacamento, a los que les dio tiempo de coger sus armas y huir a la catedral donde se refugiaron junto al obispo, que custodiaba el tesoro municipal, y quien apeló al principio de asilo en sagrado. Basilio, después de unos momentos de confusión, llegó a la conclusión de que, si los bienes eran mundanos, poco tenían de divinos por lo que decidió entrar a saco en la catedral, donde se encontró con un pelotón extraño. No eran los germanos conocidos sino aquellos contra los que, al lado de Roma, iba a luchar, y el motivo que le impulsó a rebelarse contra su caudillo. Parecía ser que ahora Roma y ellos eran aliados.

No costó demasiado tiempo neutralizar a ese grupo, pero cuando se disponían a tomar posesión del tesoro, se interpuso el obispo que al grito de a mí la guardia, dio nuevos bríos a los mercenarios que se lanzaron a protegerlo. Lo que hasta el momento había sido una escaramuza sin importancia, se trocó en pelea con armas, de la que salieron malparados los mercenarios y el obispo que, con ojos desorbitados, abrazaba lo que para él era el mayor tesoro de la catedral y de la ciudad, las monedas. En su cerrazón, uno de los asaltantes lo hirió. Allí se acabó toda contienda. Los mercenarios se rindieron, los brigantes se apoderaron del tesoro y saco de la ciudad, que fue tomada durante unos días por todos los miserables que en ella vivían.

Fuera ya de la ciudad, el jolgorio era de proporciones extraordinarias en el improvisado campamento. Se hacían planes de vuelta a la terra ignota, pero Basilio templó los ánimos a sus allegados y los emplazó a una reunión al alba, antes de levantar el campamento. Entre ellos, ahora se encontraban Abulo y Arranes que, dicho sea, no tuvieron parte muy activa en Turiasso.

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