Donde las aves Anidan

Alea iacta est

Había transcurrido ya casi todo el invierno, muy seco y ventoso, que hacía prever unas cosechas poco abundantes. Los agricultores libres, que habitualmente abastecían de buena o no tan buena gana de víveres a las partidas, no iban a poder aportar el sustento que esperaban, y ellos no iban a forzarlos por la sencilla razón de que entre ellos se encontraban conocidos y familiares, lo que obligaba a hacer planes más ambiciosos.

Llegando la primavera, los trabajos al descubierto se fueron haciendo más amables, algo que se notaba en el ritmo de producción. Un día recibieron la visita de improviso de un notable de los ahora bien llamados guerrilleros. Se trataba nada más y nada menos que del jefe militar supremo, acompañado del que un día les recibió en el pasado otoño, y con el que entró en la península. Lo llamaban Basilio y era aún más imponente que el anterior. Realmente su presencia se hacía notar. Eran ambos parcos en palabras, pero lo compensaban con una gesticulación a veces excesiva que los rodeaba de un halo de fuerza, aunque también generaban confianza. Supervisó todo el trabajo realizado durante los meses pasados, mostrando una satisfacción poco disimulada.

Se reunieron posteriormente en una tienda y finalmente salieron. Preguntó por Abulo y Arranes. Estaba interesado en los jóvenes llegados desde Cæsaraugusta y sus circunstancias personales y sociales. Una vez en su presencia, volvieron a la tienda en la que se celebró una larga reunión. Se interesó por el grado de conocimiento de su ciudad, amistades e implicación en el movimiento que habían abrazado. Ellos le confesaron que tenían un sentimiento encontrado.  Por una parte, se declararon abiertamente partidarios del imperio, de sus logros y su cultura, pero también tenían la sensación de que lo que ocurría en la ciudad ya no era imperio, sino la ley del más fuerte. Y los más fuertes habían depredado todo lo que podían a costa de la miseria de la mayoría y dado el control a grupos de mercenarios venidos del norte que no solo no sentían otra cosa que amor al dinero, sino que se permitían calificar de buenos y malos según el grado de sumisión a ese poder corrupto. En ese momento, Basilio sonrió y contestó que se asombrarían de ver a muchos de esos mercenarios unidos al movimiento.

En efecto, también muchos de ellos habían sido traicionados negándoles las pagas debidas, algo que los empujó a salir de la ciudad y dedicarse, otros más, al pillaje. La habilidad política de Basilio los había atraído hacia sus filas, dejando siempre claro que el mando era de él no necesitando demasiados esfuerzos para ello. Comentó asimismo Basilio que eran tantas las deserciones, que tenía noticias de que la administración se había propuesto llamar a otros grupos germánicos para mantener el orden, y que las condiciones que habían pactado eran leoninas para Roma, aunque estos no tenían otra opción que aceptarlas.

En un momento dado, Basilio descubrió sus intenciones. «Hemos pensado —decía—, que ha llegado el momento de iniciar acciones de mayor calado. Somos muchos ya en estos refugios y el territorio empieza a no ser suficiente. Estamos bien preparados para combatir y las provisiones se acaban. La cosecha será corta y necesitamos reabastecernos. Os necesito para que me asesoréis en las costumbres de las guarniciones militares con respecto al medio urbano. Si todo sale como espero, tendréis un papel mucho mayor más adelante. Por mi ayudante he sabido que le comentasteis que en la cercana Turiasso podríamos disponer de alimentos y panes de hierro de buena calidad. Debemos saquearla y obtener allí todo lo que necesitamos».

Se miraron ambos cæsaraugustanos. Aquello suponía un paso adelante en la estrategia y, aunque lo habían hablado muchas veces, tenían algunas dudas al respecto. Después de varios segundos, tomó la palabra Abulo. «Tenemos ciertos reparos —dijo. Deseamos y necesitamos una venganza a tanta ignominia y traición, pero el peso de la reparación no debe caer sobre las gentes sencillas que malviven en las calles y bajo ruinas. Ellos son, somos, las víctimas, no los verdugos. Prometednos que toda la violencia irá dirigida sobre los corruptos y sus sicarios y tendréis todo nuestro apoyo. Conocemos las horas de ronda de los mercenarios y no será muy diferente en Turiasso, pero sugerimos que, puesto que contamos en nuestras filas con gentes de allí, que tienen conocidos dentro del recinto, procedamos con una avanzadilla de dos o tres que pongan de acuerdo a ciertas gentes del interior para, a una señal dada, abrir puertas con sigilo y permitir la entrada. Ellos, sin duda, os conducirán a los cuarteles donde se asientan los destacamentos militares y los edificios de la administración pública. A partir de allí, que la suerte nos acompañe y que la saca sea provechosa». Basilio volvió a sonreír, asintiendo. «Os habéis adelantado a mi estrategia. Así como pedís, será. Nada se quita a quien nada tiene, como no sea la vida y ésta será respetada, os lo aseguro». No podían imaginarse que la misma estrategia iba a ser utilizada para entrar en Cæsaraugusta, con su decisiva intervención.

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