¿Qué dices niño?

Que lo disfrutes

Donde trabajo actualmente hay una práctica que consiste en darles a los alumnos una bolsita de chuches para Halloween. A mí nunca me ha gustado la costumbre. Ya me siento molesto por la llegada de Papa Noel a la escena navideña o los McDonald’s al paisaje alimentario. ¿Acaso los padres no lo tienen suficientemente complicado con el marketing de las multinacionales, sin que los profesores nos involucremos también? Si quieres regalos de Papa Noel, hamburguesas de McDonald’s, o chuches de Halloween, vete a New Jersey.

Pero bueno, en el trabajo yo soy marinero, no soy capitán. Cuando llega la hora de distribuir diabetes, chuches a los alumnos para Halloween, lo hago con los dientes apretados, y me conformo con observar la conducta humana, como soy propenso a hacer. Resulta que los nuevos alumnos, los que acaban de empezar a estudiar en la academia, tienden a recibir las bolsitas de chuches como maná caído del cielo. Con sus ojos como platos, no paran de darme las gracias. Sweeties! Thank you, Teacher! Al no esperárselo, el regalo les da autentica alegría, tanto que podría cuestionar, brevemente, mi oposición a la práctica. ¿A quién no le da alegría, ver tanta alegría? ¿Quién no aprecia tanto aprecio?

Menudo contraste con los antiguos alumnos. Los antiguos, que ya están acostumbrados a las chuches de Halloween, tienden a recibirlas no con ilusión sino normalidad. Incluso hay un tipo de alumno veterano que, el día en que encuentra la academia decorada con temas de Halloween, dice, ¿Y las chuches? El tono no es de curiosidad, sino de presunción—como un jefe que quiere recordar a un trabajador un proyecto pendiente. Ya que da por sentado tener chuches en Halloween, las chuches de Halloween no le impresionan. Cuando las reparto, nuestro veterano chulo no experimenta ninguna alegría inesperada—solo una expectativa cumplida.

Sería fácil y satisfactorio juzgar a ese niño—¡Qué ingrato eres, hijo!—pero en realidad, ¿somos nosotros tan diferentes? Pensemos en el último dispositivo que compramos. ¿Durante cuánto tiempo nos impresionaron sus características? ¿Por cuántos días maravillamos de su nitidez, su capacidad, o su velocidad? ¿Tres? ¿Cuatro cómo máximo? Es que los humanos normalizamos lo nuevo con mucha facilidad, convirtiendo lo lujoso en lo esperado de forma automática, sin quererlo ni saberlo. La generación de mis abuelos vivía en Carolina del Sur sin aire acondicionado, pero los de mi generación ni siquiera podemos imaginárnoslo (cada vez menos, con la subida de las temperaturas—que, ironías de la vida, ocurre en parte debido a nuestro uso excesivo del aire acondicionado). Tanto la sociedad como los individuos tendemos a rebajar lo lujoso a lo esperado, y lo esperado a lo necesario. ¿Podría la sociedad actual funcionar con la electrónica de 1950, tan codiciada en su día? De ninguna manera. La sociedad actual tendría dificultades para funcionar con la electrónica de 2010.

Puede que la satisfacción duradera no sea un estado natural para los seres humanos. Siempre queremos más. Por un lado, esta inquietud innata impulsa la innovación y el progreso. Por otro, nos convierte en blancos fáciles para los departamentos de marketing. He visto cartas a Los Reyes Magos tan detalladas que parecen escritas por dichos departamentos. En vez de “zapatillas”, piden algo así como “zapatillas Adidas Retro Predator X45”. Como si no lo tuvieran lo suficientemente complicado con atender a todos los niños del mundo en una sola noche, ahora tienen que interpretar los códigos crípticos de las zapatillas, códigos aptos para la NASA.

No nacemos mimados. Desde la calle más chunga hasta el cortijo más señorial, los recién nacidos se conforman con un poco de leche calentita para beber y un par de brazos para dormir. Poco a poco, año tras año, vamos aumentando nuestras expectativas. Cuanto más recibimos, más esperamos. Cuanto más tenemos, más queremos. No podemos dejar de hacerlo. Es casi biológico. Pero nos conviene recordar de vez en cuando que, al fin y al cabo, el universo no nos debe nada. Cada día es un regalo. Cada comida, cada rato que pasamos con buena compañía, es digno de agradecer—no porque sea nuestro deber u obligación, sino porque el mero hecho de agradecer eleva lo esperado a lo lujoso, mostrándonos lo afortunados que somos. Ser agradecido es la recompensa en sí misma, y ser ingrato, la propia maldición.  

Hubo una época en que el ¿Y las chuches? de un veterano chulo me irritaba. Hoy día simplemente me apena. A pesar de presentarse como el más chulo de la clase, el sabelotodo, nuestro veterano es muy poco afortunado. Este Halloween, si un niño me pregunta con su tono presuntuoso, ¿Y las chuches?, se las daré como es mi deber, pero con un pequeño consejo. “Enjoy it,” diré. 

            Que lo disfrutes.

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