Homenaje a Franco Battiato

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Ilustración de J.A. Moso

Poco a poco, me estoy quedando solo.

En pocos años se nos fue Bowie, se marchó Zappa, se enterró a Reed, a Cohen y a otras estrellas de la música contemporánea. Todas estas pérdidas fueron muy comentadas en los medios. Merecidamente, por supuesto. Para los amantes de la música todos dejaron un vacío y, tal como se vislumbra el futuro, no se intuye reposición.

Siempre fui aficionado a la música “popular” y he tenido mis héroes del rock, pero nunca he sido un mitómano. Por eso, aunque fueron pérdidas irreparables, nunca sufrí el proceso del duelo. Ni siquiera hice referencia a ellos en la red social que frecuento. La información estaba en todas partes y todos reconocían sus proezas artísticas. Para qué incidir en lo ya dicho mil veces.

Ahora todo es diferente. Hasta Mayte, sin mediar previamente comentario alguno, se interesó por mi estado de ánimo y tuve que descubrir el motivo de su interés. Ella sabía que esta vez no sólo se apagó una estrella, sino una parte de mi pasado y una persona admirable cercana a mi pensamiento y a mi ideal de vida.

Había leído hace unos meses que Battiato vivía casi recluido en una casa de alguna pequeña isla del Mediterráneo. No se hablaba en aquél artículo de enfermedad o deterioro.

Yo entonces lo imaginé como lo que era, un hombre sabio, un eremita que habría despreciado el ruido y los focos a cambio de una vejez dedicada a la meditación, al conocimiento del alma y a su desarrollo humano.

Battiato era un asceta, un místico estudioso de las religiones y un buscador de Dios en todas sus formas, conocedor y practicante del budismo y el sufismo. Un aventurero del conocimiento y de la fe, no como tabla de salvación, sino como forma de vida y confección del carácter. Creo recordar haberle escuchado definirse como “un proletario del espíritu”. Transgresor en las formas y a la vez amante de la tradición como valor de vida. De todas las tradiciones planetarias, de las leyes de la Naturaleza y del Cosmos.

Pero además de su actitud humana imbuida de divinidad y de paganismo, tenía el don de la música, de la melodía, del ritmo y la armonía. Un músico heterogéneo y ecléctico. Seguramente, el más ecléctico que conozco.

Rock, pop, tecno, electrovanguardia, lírica, étnica y tradicional, sacra y cualquier estilo musical reconocido se dieron la mano en sus composiciones a lo largo de más de treinta producciones musicales.

  Battiato era siciliano, de Riposto, pueblo de Catania a los pies del Etna y a orillas del mar Mediterráneo. Supongo que eso marca a cualquiera.
 Tras la muerte de su padre emigró con su madre a Milán, donde empezó a labrar su futuro como artista haciendo canciones pop y dándose a conocer en el festival de San Remo. Ya en los setenta se inclinó por el rock progresivo y psicodélico propios de la época, experimentando con la electrónica y todo tipo de influencias. Pero su explosión a nivel comercial llegó en la segunda mitad de los setenta, momento en que firmó contrato con EMI y se hizo un hueco cada vez más amplio en la industria del pop. En las décadas posteriores continuó madurando sus tendencias musicales, utilizando su arte para expresar unas ideas místicas y filosóficas que no abandonaría nunca. Pasó los últimos años refugiado en la intimidad de un antiguo castillo que había pertenecido a una rama noble siciliana de los Montcada catalanes, a las faldas del Etna, en su isla siciliana. Allí, en la aldea de Milo, mirando al mar con un ojo y al volcán con el otro, se ha despedido de nosotros.
 Creyente en la otra vida y en la reencarnación, Battiato nos espera dialogando con Dios sobre la existencia de Éste. 

Canciones tributo a Battiato

Las canciones son interpretadas por Contacto Estrecho (grupo mítico antes conocido como Islandia) y por Sarilis Montoro.

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