Garbo

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Los seres humanos, ciertamente tenemos muchas cosas en común, pero aún muchas más son las que nos diferencian entre sí, por ende resulta pertinente aquel adagio “cada cabeza es un mundo”, porque, tan distantes pueden ser esos planetas, que el mismo lenguaje verbal no sirva de panacea para explicar esa realidad, que cada uno es un universo en sí mismo, un efecto interesante, hermoso y fresco como la brisa de ocaso. Somos personalidades infinitas como un cielo estrellado.

En esa constelación, Joan Pujol, era un astro irregular,  un elemento raro de la tabla periódica, un individuo aparentemente común y silvestre, pero en realidad, poseía múltiples máscaras, era el símil de Douglas Quaid, aquel celebre personaje de la obra literaria “Podemos recordarlo por usted” de Phip K. Dick, en el cual, un obrero de una fábrica abrumado por el tedio, decide tomarse unas vacaciones mentales, contratando a una dudosa empresa de viajes virtuales, quienes a través de un implante de recuerdos, transformaron al grisáceo y monótono trabajador en un súper espía de la resistencia, pero en el caso de Pujol era literalmente un espía, un doble agente español de nombre código Garbo, quién desempeñó labores de espionaje y contraespionaje, tanto en el bando alemán como del británico durante la Segunda Guerra Mundial, ejerciendo un rol estelar en el desembarco aliado, en las costas de Normandía en 1945, proporcionando información falsa, que ayudó a convencer a Hitler de que el ataque principal sería en Paso de Calais, lo que resultó ser un craso error táctico, que le costó al “Fürher” la pérdida del frente occidental. El nombre en clave Garbo, fue gracias a un oficial inglés, posiblemente haciendo alusión a la estrella sueca Greta Garbo, quien, por cierto interpretó a la seductora espía Mata Hari en 1931, su nombre clave alemán era Alaric Arabel. Lo cierto del caso es que Joan Pujol García, quién nació en Barcelona el 14 de febrero de 1912 en el seno de una familia acaudalada, después de sus terribles vivenciaps durante la Guerra Civil española, desarrolló un tipo de aversión hacia los conflictos bélicos, adoptando el pacifismo como filosofía de vida, así pues, se involucró en el conflicto mundial, sacando partido a favor de los británicos. Al concluir la guerra, por temor a represalias por parte de agentes alemanes, se refugió en Angola por un tiempo prudencial “hasta que pasara el temblor”, allí simuló su muerte, inesperadamente, su odisea lo arrastró hasta las costas venezolanas, donde su primera escala la hizo en Lagunillas, zona petrolera del estado Zulia. Posteriormente, las fuerzas del destino, lo deslumbraron cuando vio por primera vez, las playas del Choroní, descubriendo entonces, el significado de “Paraíso Terrenal”. Se enamoró del paisaje y de una rosa turquesa local y formó una nueva familia, viviendo allí en el anonimato, sin embargo, se le presentaba una curiosa paradoja, cuando en algunas reuniones familiares, alguien ocasionalmente intentaba inquirir sobre su pasado, él respondía lacónicamente “Era un espía”, provocando al unísono la mofa y la algarabía, y así se cumplía la máxima de Charles Baudelaire en su cuento corto de “El jugador generoso”, cuando decía que “el mejor truco del diablo es hacer creer que él no existe”. En esa época, estableció una librería y un cine, sin mayores éxitos, llevando una vida austera y modesta, no obstante, el brazo largo de la diosa Fortuna lo alcanzó, ya que surgió de la nada un enviado de Hermes, un testarudo y hábil periodista británico llamado Nigel West, que no se comió la finta* y, llevando a cabo una acuciosa investigación, dio con el paradero del celebre y escurridizo espía español. Tras su reaparición, viajó a Inglaterra donde recibió toda clase de honores, visitó su ciudad natal, Barcelona, reencontrándose con los hijos de su primer matrimonio.

Pujol falleció en Caracas en el año 1988, y está sepultado en su amada y hermosa Choroní, a orillas del mar Caribe. Qué hermoso pensamiento se quedó conmigo, como astilla incrustada en la memoria, la imagen de los rostros de estupor por parte de los nietos del viejo Pujol, al descubrir que su abuelo sí fue un súper espía en la vida real, imaginar esos ojos de pasmo, no tiene precio, son pura y preciosa dimensión humana. Fantaseo con ese cielo estrellado, y si hay vida después de ésta, en una ciudad del más allá, algunos personajes especiales como Garbo, dirían al llegar alguna frase como el texto que alguna vez escribió Hunter Thompson: “La vida no debería ser un viaje hacia la tumba con la intención de llegar a salvo con un cuerpo bonito y bien conservado, sino más bien llegar derrapando de lado, entre una nube de humo, completamente desgastado y destrozado, y proclamar en voz alta ¡Vaya viajecito!

Comerse la finta: traducido a la jerga española sería algo como tragárse el cuento. Proviene del término futbolístico fintar para un regate es decir, con un movimiento del cuerpo, incluso de los ojos, se desequilibra al adversario hacia el lado que se desea, para superarle por el lado contrario.

CANCIONES
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Lili Marleen:
Lili Marleen se podría considerar como el himno de la Segunda Guerra Mundial. La canción que vió la luz en 1937, está basada en un poema de un soldado alemán, Hans Leip, que lo compuso la víspera de su envío al frente ruso en la Primera Guerra Mundial. Una canción de amor, que cuenta como un soldado lejos de casa extraña a su novia. La canción será un fracaso hasta que en 1941 servirá de sintonía de cierre para un programa de radio alemán, emitido en el frente del norte de áfrica. Debido a la potencia de la emisora, los aliados también escuchaban la sintonía todos los días a las 21:57, llegando incluso a instituirse de manera oficiosa un alto el fuego en la contienda a esa hora para escuchar una canción que llegó a ser traducida al inglés y radiada por emisoras inglesas durante la guerra. Existe una versión hasta en latín, cuentan que pudo haberse traducido a más de 43 idiomas, ser prohibida por estados totalitarios como la RDA o la Yugoslavia de Tito, o adoptada como himno antinuclear, o pacifista entre otros...

La despedida:
El bolero La despedida escrito por Don Pedro Flores, es interpretado por el eterno anacobero Daniel Santos en 1941. Aborda el drama de muchos jóvenes portorriqueños que debieron participar en la Segunda Guerra Mundial al servicio de los Estados Unidos, hay que recordar que Puerto Rico es un estado libre asociado al país del norte.

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