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Yo canto y la montaña baila

Ramírez Ramírez 2 min de lectura
Yo canto y la montaña baila
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Yo canto y la montaña baila
Yo canto y la montaña baila” es una novela de la escritora catalana Irene Solá y no puede tener un título más bello y más poético. A lo largo de toda la novela, respiramos la ineludible relación del ser humano y la naturaleza que nos rodea, esa conexión a veces amable y otras, dura y cruel. 
Parece ser que cuando se publicó, allá por el año 2019, los lectores y los críticos literarios convinieron en que esta novela había revolucionado el panorama narrativo nacional. Ahora que yo también la he leído puedo entender la razón de tal aseveración, que no es otra que el hecho de que nos hable una seta, un rayo, un corzo o una perra, atribuyéndoles la capacidad de pensar y razonar de la misma manera que lo hacemos las personas: los rayos tienen voz y saben el mal que hacen cuando lo hacen. Por otra parte, la autora nos deleita con fábulas y leyendas del Pirineo (incluyendo la de las tres sorores) enlazando esa inverosímil capacidad de raciocinio con los personajes de Esopo. 
La novela está ambientada en una zona de los Pirineos catalanes entre Camprodón y Prats de Molló, por donde los personajes de carne y hueso transitan esa vida rural con el permiso de las montañas y con el respeto que deben mostrar a la naturaleza, que les ofrece bondades pero que, al segundo, les parte un rayo sin aviso. Este contexto es un alegato a la tranquilidad en contraste con la frenética urbe en aspectos tan dispares como el tiempo, “…el tiempo también tiene otra consistencia aquí arriba. Es como si las horas no pesaran lo mismo. Como si los días no duraran lo mismo, ni tuvieran el mismo color ni el mismo gusto. Aquí el tiempo es diferente, tiene otro valor”, o las pasiones “…las pasiones también son más crudas aquí arriba. Más desnudas. Más auténticas… Los de la ciudad vivimos rebajados con agua. Pero aquí, aquí se vive todos los días.” 
Además de todo lo dicho, la historia teje una madeja de proyectos inacabados, ilusiones, perdones, amores imposibles, mala suerte, errores fatales y pequeños aciertos donde el narrador va cambiando de cuerpo a medida que avanza la novela. De esta manera, el lector relativiza su importancia en detrimento de la naturaleza, sus tiempos y, sobretodo, sus leyes.
Como en las fábulas de Esopo, la autora nos deja esta simple moraleja: no debemos darnos tanta importancia, cualquier día nos cae un rayo, pero al siguiente las flores van a seguir creciendo. Es una novela mágica y poética, que nos acaricia el alma.
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