Waraira Repano eternamente contemplativo

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Nací a las faldas de una montaña sagrada, una ciudad alguna vez piropeada como “La sultana del Ávila”, “La ciudad de las paredes blancas y los techos rojos”, “La de la eterna primavera”, inclusive se atrevieron a mentarla como “La sucursal del cielo”. La montaña ha sido testigo mudo de millones de crónicas de idas y venidas de la historia local, es que hablar de Caracas es hablar de su montaña mágica, su tótem, llena de neblina y verdor, sus pobladores originarios la conocían como Waraira Repano, que significa algo así como “La ola que vino de lejos” o “La mar hecha tierra”. La primera vez que aparece el nombre Ávila, para designar a esta montaña, fue en 1778, según consta en las actas del Cabildo de la ciudad de Caracas, dicho nombre se debe al Gobernador Gerónimo de Ávila, quien era dueño para el año 1600 de unos huertos en la serranía que está a sus pies, al morir ya la conocían como la sierra de los Ávila o cerro de Ávila, sin embargo, la ciudad fue fundada mucho antes, el 25 de julio de 1567, por Diego de Lozada, en ese proceso de conquista y colonización, vinieron también los cambios en la toponimia, así pues, se acuñó el nombre de Santiago de León de Caracas, que simboliza una amalgama de sincretismo cultural, entre el Reino de León y el Valle Caribe.

Algunos historiadores afirman que el origen del nombre Caracas se debe a un tipo de flor o hierba que crecía en la región, lo cierto del caso es, que al consolidarse la colonia, era indispensable construir un camino que comunicara a la ciudad con el Mar Caribe a través de la montaña y así nace el Camino Real, conocido con el paso del tiempo como “El camino de los españoles”. Vale la pena mencionar que si los romanos en su andar imperial en el 218 a. de C. llevaron consigo, entre otros aportes, sus caminos a la Hispania, pues de la Península Ibérica con lo prendido, anduvieron por estas tierras tropicales con esas mismas técnicas construyendo vías de comunicación, con los mismos fines económicos y militares que los romanos. Su transitar estaba fuertemente custodiado para evitar o repeler posibles ataques de piratas, corsarios y bandoleros, pero como sucede en el futbol, que hasta al mejor guardameta se le cuela un gol, el 8 de junio de 1595, el corsario inglés Amyas Preston, con la ayuda de un “malinche local” penetró junto con sus hombres por los caminos verdes, evitando el camino real, descendiendo por la quebrada Anauco, asaltó y quemó la capital, ahora bien, de acuerdo a la versión española de los hechos recogida en el informe de Gaspar de Silva, funcionario al servicio de la corona española, un anciano alto y esmirriado quien fungía como alcalde del pueblo de Baruta, comunidad aledaña al Sur Este de la ciudad y cuyo nombre era Alonso Andrea de Ledesma, valiente e iracundo, opuso una heroica resistencia, yendo al encuentro de los saqueadores a caballo, raudo y veloz, armado con una lanza, desde luego, la muerte lo alcanzó disfrazada en un disparo de arcabuz, pero tal comportamiento no pasó desapercibido ante los ojos de los corsarios ingleses, quienes reconociendo la bizarría de este caballero, le rindieron honores en un solemne entierro.

En esta bifurcación se mezcla la historia y la leyenda, ya que se afirma que esta proeza podría haber sido la inspiración para la famosa novela de Miguel de Cervantes Don Quijote de la Mancha, la cual fue publicada por primera vez, diez años después del saqueo de Caracas, teniendo al cerro Ávila o Waraira Repano, como testigo abstinente de este y otros hechos de filantropía y villanía en la historia de Venezuela, parece pertinente para concluir, mencionar al escritor, el dandy irlandés, Oscar Wilde, cuando dijo que “la realidad supera la ficción”.

Saludos desde la lejanía a los seguidores de la Garceta de la Ribera.

Si pulsas sobre el play de la imágen podrás ver un vídeo musical de Gerry Weil Jazz Trío, grupo venezolano elegido por el autor: “son puro caribe”.

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