Una rosa para un cisne

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Qué mejor regalo

en una mañana de verano

que ofrecer a un cisne

una blanda y delicada rosa

que con su fragancia, acuna el agua.

Las aguas de los lagos

no salpiquemos con turbias

y borrosas pinceladas.

La inocencia de un cisne blanco

no ultrajemos con una rosa

que está presta a marchitar.

Otros cisnes hay, que desde la prudente lejanía

Se enamoran de la rosa de seda,

de las sedas rosas que envuelven

los cuerpos de Deidades del agua.

Son cisnes bellos, frágiles como

sueños recién dormidos al calor

de la ardiente llama que por agotamiento

extingue la esperanza.

Las aguas de los lagos

no tiñamos con la basura que

Arrastran nuestras lágrimas.

No rompamos el tierno corazón

de un cisne negro con sedas

que a punto están de rasgarse

en mil jirones como deslucidos arcoíris.

Otros cisnes hay que,

desde una cálida cercanía

desean tomar la piel de una bella mujer,

la misma que regala rosas a los cisnes

en una prometedora mañana de verano.

No engañemos a los cisnes

con falsas lisonjas o espejismos

de sucio y fangoso barro.

Como bellas criaturas que son

a los cisnes respetemos,

del país de las perlas, recién llegados

para en una dura y rígida tierra, quedarse.

Del lago azul, tan sólo tienen ayuda,

del lago de aguas cristalinas, del lago

de aguas iridiscentes como aguamarina.

No contaminemos sus lagos

con pies derrotados y cansados

por el polvo de la tierra.

Rosas muertas no les regalemos

sombras en sus mañanas soleadas, no pintemos

no mancillemos el dorado verano de los cisnes

que por derecho propio, les pertenece.

¡Se lo han ganado!

¡Que sea fresca!  ¡Que sea de verdad!

si una rosa les regalamos.

Si mañana se marchita, ellos, los cisnes

ya no lo recordarán…

Tan sólo, el perfume de sus hermosos pétalos.

¿Acaso, no se lo merecen?

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