Kelmti Horra – Mi palabra es libre

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Lo que empezó en octubre del 2010 en el campamento de Agdaym Izik a las afueras de El Aaiún, capital del Sáhara Occidental, donde decenas de miles de saharauis se reunieron para denunciar la vulneración de sus derechos laborales, sociales y de vivienda fue la mecha de lo que hoy conocemos como la Primavera Árabe. Túnez cogió el relevo al estallar las protestas ciudadanas tras la autoinmolación de Mohamed Bouazizi, jóven frutero y verdulero que no pudo más tras la enésima humillación recibida por parte de la policía tunecina y autoridades locales y decidió rociarse de pintura inflamable y prenderse fuego frente a la prefectura de Sidi Bouzid.


La revolución tunecina denominada de los jazmines o del pan se sirve de las redes sociales para organizarse. Es una revolución popular, los partidos políticos y demás estamentos tradicionales están al margen. El pueblo tunecino y sobre todo la juventud protesta de manera pacífica, cívica y altamente organizada. Exigen libertades, fin de la corrupción, trabajo, en resumidas cuentas un cambio político radical que acabará con el exilio de Ben Ali, eterno presidente, a Arabia Saudí. La negativa del ejército a disparar contra los indignados precipitó el derrocamiento del régimen dictatorial tunecino.

La caída fulminante de Ben Ali así como el cambio de régimen empujará a una decena más de países árabes a movilizarse en contra de las tortuosas dictaduras locales.
Países como Egipto, Líbano, Kuwait, Jordania, Sudan, Irak, Iran, Marruecos, Palestina, Baréin o Siria seguirán el ejemplo en lo que hoy conocemos como la Primavera Árabe que durará dos años de 2010 a 2012. Emel Mathlouthi, jóven cantante tunecina, será la autora del tema principal de la banda sonora revolucionaria con la canción Kelmti Horra -mi palabra es libre- que se convertiría en himno.

La belleza y sensiblidad musical de Emel es sobrecogedora porque está llena de verdad y de verdades amargas que no pueden ser contenidas y han de ser expresadas. La cantante tunecina cataliza el sufrimiento de un pueblo con una fuerza evidente y una voz angelical.

Emel Mathlouthi pasa a formar parte por derecho propio del excelso panorama musical tunecino, un panorama musical poco común ya que está repleto de astros, con músicos de la talla de Anouar Brahem o Dhafer Youssef. El modelo de estado laico del país magrebí (desde su independencia en 1956), quizás sea el responsable del mestizaje cultural que atesora. Tradición y vanguardia se funden en propuestas musicales extraordinarias, tanto en el caso de la señorita Mathlouthi, la de los demás músicos mencionados y tantos otros artistas tunecinos.

No puedo sino dejaros el himno de Emel como vídeo bajo la fotografía principal -minuto 28:30, pese a que no sea de entre sus canciones de la época, mi preferida.

Lamentablemente y para finalizar el artículo diré que, desde mi punto de vista, el nivel de sus propuestas se ha resentido desde que se dejó seducir por los cantos de sirena occidentales, ávidos de alguien como ella, exótica pero muy clarita de piel, apuesta discográfica segura, políglota que habla a la perfección además de su lengua natal, el francés, idioma comercial del país y el inglés, que por desgracia tiene una importante presencia en sus últimos discos. Llegó a cantar su famosa canción en el teatro de los premios nobel de la paz en 2015, recordemos que en 2009 este premio le fue concedido a B. Obama, presidente en cuyo mandato de 8 años, no hubo un solo día en que EEUU no hiciera la guerra.

Parece que a día de hoy, tanto las reivindicaciones de la primavera árabe, su contagio español en forma de 15M, como la frescura y honestidad de la propuesta musical de nuestra bella tunecina han sido soterradas y tamizadas respectivamente por el lado oscuro, sin embargo es gracias a estos pequeños destellos de Belleza, como los que nos regala Emel, que la claridad evidencia un contrapeso latente decidido a permanecer.

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