Canto a la luna

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Elevo mi canto a la luna pues no se deslizan mis lágrimas.

Mejillas muertas, incapaces de reaccionar, es lo único que poseo.

No tengo tiempo para llorar a mis muertos.

Sentada sobre un banco como alma solitaria, me siento mecida en la cuna del cansancio.

Los árboles me observan, ¿Qué pensarán ellos de mí?

No importa lo que piensen, si al final de mi triste canto, la luna se queda sin mis lágrimas pues no hay tiempo para llorar a los muertos, ni propios, ni ajenos.

Ofrezco mi canto a la luna pues quizás, le llegue mi triste melodía cual ofrenda sagrada, como sonidos de una naturaleza muerta embebida en su propia resignación de que no hay tiempo, no hay tiempo para llorar a los muertos.

El torbellino de la vida sigue…

El tiempo inexorable, discurre…

El río no se detiene y mi corazón late a pesar de su mutismo, de sus pálpitos débiles y agotados.Una miríada de seres desnudos me rodean, sus cuerpos yacen en bonitas urnas para el recuerdo, bajo tierra para alimento de generaciones venideras, más tienen sed, sed de lágrimas, sed de sal y yo les canto: resignaos, conformaros pues… no hay tiempo para llorar a los muertos.

Unamos nuestros cantos mientras poseamos todavía una voz, dulce o salvaje y elevemosla a la luna, único testigo de nuestra miseria.

Ahí estará ella para siempre, para la eternidad, sin importarle si hay o no hay tiempo.

¿Qué significa el tiempo para ella?

Nada, tan sólo una minucia terrenal. La mía, la tuya, la nuestra. Busquemos el tiempo para llorar a los muertos, es lo único que nos queda.

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