Mitología

Sacrificios y festividades urbanas en la Grecia antigua

Francisco Javier González Ruíz Francisco Javier González Ruíz 9 min de lectura
Sacrificios y festividades urbanas en la Grecia antigua
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Sacrificios y festividades urbanas en la Grecia antigua

Continuando con lo expuesto en el artículo anterior, dedicamos este a tres formas de culto en la antigua Grecia, las más importantes por su expectación: los sacrificios, las procesiones y los juegos olímpicos.

 

Los sacrificios (Thysíai; θυσίαί; del verbo thyo; θύω: sacrificar, inmolar; quemar).

Los sacrificios a la divinidad se producían por voluntad y encargo individual o colectiv0, siendo estos últimos de los que tenemos mayores testimonios. La ofrenda suele ser un animal mayor o menor que se consagra a un dios determinado para que, una vez degollado, la parte que se reserva a los dioses es destruida y el resto es consumido por los asistentes. 

Hay una parte de la Ilíada donde describe cómo se realizaban los sacrificios en el canto 1, versos 446-474: Crisés (Χρύσης), sacerdote de Apolo, apenado porque el rey Agamenón ha tomado como concubina a su hija Criseida (Khriseis; Χρύσηίς) y no la quiere devolver, invoca a Apolo para que castigue a los helenos, que se disponen a tomar Troya. Apolo envía la peste y los griegos, para aplacar la ira del dios, aconsejan a Agamenón que envíe a Criseida junto a su padre y ofrezca sacrificios reparadores a Apolo.

El sacrificio consistió en una “hecatombe” (ἑκατόμβη), que significa la inmolación de cien bueyes. No es que Agamenón sacrificara tal cantidad, sino que se usa tal metonimia para indicar que se trataba de un animal mayor, un buey bien cebado con el que el dios viese la generosidad de los hombres que se lo ofrecían y cesase su cólera contra ellos. Antes de comenzar a trasladar a la víctima, el sacerdote Crisés se lavó las manos y comenzó una larga plegaria con sus brazos extendidos y elevados hacia el cielo, después de haber esparcido granos triturados de cebada sobre el altar, que inicialmente era un agujero sobre el suelo y que posteriormente se erigirá elevado sobre tierra. Solamente en la época helenística el altar se construirá con piedra y dimensiones colosales, como el de Zeus en Siracusa. 

Cogieron al animal por la cornamenta, lo echaron hacia atrás para que mirara hacia el cielo, para que su sangre ascienda, como el humo, hacia Apolo celestial. Previamente le cortaron un mechón de pelo y lo arrojan al fuego, que es la forma de consagrar a la víctima. Abatida de un golpe mientras los presentes diseminaron cebada majada sobre ella, la degollaron y desollaron, dejando caer la sangre sobre el altar u hoyo donde se realiza el sacrificio. Mientras se realiza este proceso, los congregados profieren gritos de invocación o gozo. Una vez despiezada y cubierta con grasa la víctima, separaron las partes que corresponden a los dioses (los huesos de los muslos y la grasa) y a los hombres (la carne y las vísceras), tal y como había hecho el titán Prometeo con Zeus y del que ya tuvimos ocasión de comentar.

Colocada en el fuego, la carne cruda se coloca encima y, mientras se va asando, se esparce ceremonialmente sobre ella el vino en la libación. Durante el día, se bebe el vino y se entonan cánticos o peanes en honor del dios.
Según el grado de resistencia del animal, los presentes lo interpretaban de una u otra manera. Eran los augurios, que pasarían al pueblo romano, que inspeccionaba las vísceras de las aves o predecía su vuelo para ver si podía efectuarse una empresa. Rómulo, situado en el monte Palatino, vio doce buitres. Su hermano Remo solamente apreció seis, lo que llevó al primero a interpretar como vaticinio la fundación de Roma en el 756 a. C., según un ritual religioso tomado de los etruscos. 

Este sacrificio es un acto de propiciación (buscar el favor del dios) La consecuencia es el restablecimiento de la amistad entre el dios y los griegos con el fin de la epidemia (reconciliación). Es un sacrificio convivial o comunitario porque acentúa la pertenencia a un pueblo o nación y fortalece la convivencia (eutrapelía; εὐτραπελία) y sus raíces. Cuando a la comida seguía la bebida de las libaciones, los cantos o recitales, se denominaba symposium (symposion; συμπόσιον, del verbo συμπίνειν, sympínein, beber juntos).

Había también sacrificios funerarios, dedicados a las almas de los difuntos. Las víctimas eran ovejas negras cuya sangre se deja caer en tierra para que sirva de alimento de los muertos, que están en el Hades sedientos de vida. La cabeza de la res se vuelve hacia la tierra y la sangre se recoge en un hoyo. La víctima se quemaba en su integridad y se destruía por completo. Era el holocausto (ὁλό-καυστον, todo quemado). No hay banquete, porque los vivos no pueden participar de lo que corresponde a los muertos. En este caso, las libaciones tienen otra denominación (χοη).

En la Odisea, canto XI, versos 23-43, hay un sacrificio de Ulises, que invoca a los muertos y se compromete con varias ofrendas sacrificiales si regresa vivo a Ítaca. El mismo protagonista abrió un hoyo (bóthros; βόθρος) e hizo la libación con aguamiel y luego con vino, esparciendo harina blanca procedente de la cebada triturada. Después de las promesas y oraciones, sacrificó a las víctimas, que congregaron a los espíritus muertos alrededor del hoyo y les dio fuerza y consciencia, mientras Ulises manifiesta un inmenso temor por sentir aquella presencia colectiva del ultramundo. 

En los sacrificios expiatorios la víctima asume la culpa, el infortunio o la maldición que pesa sobre el hombre o sobre su familia, de la que es heredero. Al derramar la sangre, realizar la libación y quemar el cuerpo entero en holocausto, si la divinidad a quien se ofrece el sacrificio es Posidón, se arroja el cuerpo al mar, por ser el dios de las profundidades marinas. 

Finalmente, en los sacrificios adjuntos a un juramento no hay muerte de víctima alguna. Hay libaciones con vino, que simbolizan la sangre de quien jura, que pide caiga sobre su persona el castigo divino en el caso de que no cumpla con lo que previamente ha prometido al dios.

 

Las fiestas en las ciudades.

Al menos una vez al año, cada ciudad conmemoraba a su dios principal con unos días de fiesta, en la que no faltaba el sacrificio para la renovación de la amistad con la divinidad y la persistencia de los lazos de unidad de los ciudadanos. La especificidad de los actos, incluido el religioso, radicaba en que eran encargados por los líderes de la ciudad (arcontes en Atenas y prítanos en Esparta, siendo las fiestas de estas ciudades las más conocidas del mundo helénico, al ser las poleis más grandes).

El sacrificio del animal era precedido por una gran procesión, pero a los actos religiosos se sumaban los artísticos y deportivos. En Atenas se conocía con el nombre de las Panateneas y rememoraban el patronazgo de la diosa Atenea sobre la región del Ática, tras una disputa con Posidón, que quería ser el dios de los atenienses.

Con su tridente, Posidón lo hincó en la tierra e hizo brotar agua en un lugar que carecía de ella. Sin embargo, Atenea hizo florecer de la nada un gran olivo a punto de recolectar y los atenienses se encomendaron a ella como protectora, porque consideraron que el prodigio realizado era mayor. Pero la ciudadanía hubo de satisfacer la ofensa de un Posidón enfadado, que solo se tranquilizó por un decreto de Cécrope (Κέκρωψ), primer rey legendario de Atenas, según el cual las atenienses quedarían privadas de la ciudadanía y se sujetarían a la autoridad de padres y maridos, y los hijos que tuvieran no llevarían su nombre, sino el de sus padres.

Todos los años, las jóvenes atenienses (ergastinas; ἐργαστῖναι) tejían un manto como ofrenda a Atenea, y lo llevaban en procesión junto con los bueyes y ovejas que serían sacrificados en el Parhenón, que era el templo de la acrópolis que la ciudad dedicó a Atenea Polías (Ἀθηνᾶ Πολιάς; señora de la ciudad), pero que tenía más advocaciones: Palas Atenea (Pallàs Athená; Παλλὰς Ἀθηνᾶ, diosa de la guerra y joven) Parthenos (Αθηνά Παρθένος, Atenea virgen), Promachos (Ἀθηνᾶ Πρόμαχος, que combate en la batalla en primera línea), Diké (Ἀθηνᾶ Δίκη, diosa de la Justicia), Acria (Ἀθηνᾶ Ἀκραἳα, que vive en las alturas, en la acrópolis). 

La fiesta continuaba por la noche, con la danza de los hombres armados, carrera de antorchas, concurso de belleza masculina y competiciones ecuestres y atléticas en las que participaban atenienses y forasteros. Cada cuatro años estas fiestas se denominaban Grandes Panateneas, y duraban más que las celebradas anualmente. Pericles encargó a su amigo Fidias que esculpiera en el Partenón el programa escultórico: las metopas y el friso en bajorrelieve, que reproduce en 160 metros (de los que se conservan solo 128 y están diseminados por distintos museos) la procesión de las panatenas. Concluido en 438 a.C., Fidias fue el supervisor de los trabajos (episkopos; ἐπίσκοπος).

Se dice que el crecimiento urbanístico, la construcción de edificios públicos y su ornato supuso tal gasto para Atenas que fue insuficiente el tesoro de Delos para su financiación, y que Fidias tuvo problemas para poder ser retribuido por su trabajo, por lo que amenazó con firmar sus obras, lo que constituía una deshonra que los gobernantes atenienses no podían consentir.

Las obras finalmente no aparecen firmadas, lo que permite suponer que Fidias percibió sus emolumentos, dato que se repite, pero no está históricamente comprobado ni es probable que sucediera porque hasta el renacimiento no hay conciencia generalizada de la autoría de la obra de arte. Sin embargo, Plutarco afirma que Fidias fue acusado falsamente de malversación del oro público (ypexaírese; υπεξαίρεση) que debía tener la estatua de Atenea.

Para demostrar su inocencia, Fidias desmontó la imponente escultura, separando el oro del marfil, materiales con los que la formó, y pesó el primero, coincidiendo su cantidad con la adjudicada para su realización. Fidias, como buen artista, no se preocupó en ganar dinero insaciablemente y por todos los medios posibles (pleonexía; πλεονεξία). Y como no prosperó la imputación por apropiación, lo lograron por impiedad (asébeia; ἀσέβεια), al esculpirse en el escudo de Atenea Partenos como un anciano calvo y a su amigo Pericles combatiendo. La representación de los mortales en una obra divina fue considerada como una inmoralidad y sacrilegio. Recuérdese que Sócrates también sería acusado de impiedad. En cualquier caso, el ataque a Fidias era una proyección del ataque a Pericles, lo que nos introduce en las luchas políticas en la Atenas democrática del siglo V a. C.  

En Esparta, las fiestas Jacinthias (Hyakínthia; Ὑακίνθια) se celebraban anualmente y honraban a Jacinto, joven amor del dios Apolo, muerto tempranamente y sobre cuya tumba floreció una flor de jacinto.

En los tres días que duraba la fiesta se realizaban sacrificios a los muertos, en los que se suprimía el banquete y los peanes. Pero en los dos días restantes había sacrificios a Apolo con gran cantidad de bueyes y banquetes, junto a competiciones atléticas y actos musicales con la cítara y la flauta doble (aulós; αὐλός), que concluían con una procesión en la que entregaban la túnica (Khitón; χιτών) al dios Apolo, similar a la de las panateneas. 
Otros cultos y festividades se irán viendo a lo largo de este ciclo de artículos.

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