El agave, el viajero que echó raíces
Ahora que llega el verano, mi ciudad se llena de turistas y, de repente, pasamos de ser cuatro gatos a tener las calles llenitas de gente. Hay visitantes esporádicos, que vienen a disfrutar del paisaje, de la montaña, de la cultura o de la gastronomía local. También están los veraneantes de siempre, esos que regresan cada Navidad, en Semana Santa o cuando llegan los meses de calor. Algunos son tan habituales que ya los sentimos casi como de aquí. Y luego están quienes un día decidieron quedarse para siempre.
Pensando en ello, me he dado cuenta de que con algunas plantas ocurre algo parecido. Algunas llegaron de muy lejos para quedarse, y llevan tanto tiempo entre nosotros que ya forman parte del paisaje y de nuestra vida cotidiana. Las hemos visto durante tantas generaciones que a menudo olvidamos que un día fueron extranjeras. Una de ellas es el ágave.

Seguro que todos lo hemos visto alguna vez. Es esa gran roseta que parece un aloe vera gigante y tosco, con hojas azuladas, gruesas y carnosas, rematadas por una espina afilada. Aparece junto a muros de piedra, antiguos corrales o ribazos soleados en entornos más bien áridos. En Aragón suele conocerse como pita, aunque su nombre científico es Agave americana. A pesar de ese apellido, pocos reparan en que nació al otro lado del Atlántico, en México, y que no llegó a Europa hasta después del descubrimiento de América. Conviene aclarar que no existe un único ágave: el género Agave reúne más de doscientas especies, entre ellas Agave tequilana, Agave sisalana o Agave salmiana… Hoy hablaremos principalmente de Agave americana, la especie que con más frecuencia encontramos naturalizada en nuestra tierra.

El ágave es una planta monocárpica, es decir, que florece una sola vez y luego muere. Hay más plantas con esta característica, como la dedalera o las amapolas, pero en el caso del ágave esta floración resulta espectacular. Durante décadas parece que no ocurre nada: la planta crece despacio, almacenando agua y energía en sus hojas. Pero un verano, casi sin avisar, del centro de la roseta emerge un tallo similar a un espárrago gigante que puede superar los seis o siete metros de altura y crecer varios centímetros cada día. En pocas semanas se convierte en una gigantesca inflorescencia cargada de miles de flores amarillentas. Después de ese último esfuerzo, la planta madre termina secándose, no sin antes dejar numerosos hijuelos que aseguren su descendencia.
Hace apenas unos años, la floración de un ejemplar plantado hacía unos cuarenta años en Arrés, un pueblecito de esta zona, fue todo un acontecimiento para sus vecinos. No es extraño: muchas personas contemplan una floración de ágave una sola vez en su vida.

Aunque solemos verla como una planta ornamental, el ágave fue durante mucho tiempo una despensa de recursos. De sus hojas se extraían fibras muy resistentes con las que se fabricaban cuerdas, sogas o esteras. Todos hemos comprado alguna vez cuerda de pita, ¿verdad? Pues ahora ya sabéis de dónde viene: de esta planta, prima hermana del sisal (Agave sisalana), del que también se obtiene una fibra excelente para la fabricación de cuerda a escala industrial, la llamada cuerda de sisal.
El enorme tallo floral seco servía como poste o combustible, y en algunos lugares los niños chupaban la base de las flores por su sabor ligeramente dulce. En su tierra de origen, distintas especies de Agave siguen proporcionando bebidas tan conocidas como el pulque, el mezcal o el tequila.

De algunas especies se obtiene el aguamiel, un líquido dulce que ha sido aprovechado tradicionalmente como alimento y base de fermentación, y que incluso ha llegado al mundo de la cosmética moderna por sus propiedades hidratantes. Sin embargo, no todo en estos ágaves es tan amable: la savia de muchas especies, incluida nuestra pita, puede ser muy irritante para la piel y conviene tener cuidado al manipularla.
Según los relatos más difundidos de la tradición mexica, el primer maguey (nombre con el que en Mesoamérica se conoce a distintas especies del género Agave) nació de Mayáhuel, una joven diosa enamorada de un muchacho mortal. Cuando los dioses descubrieron aquel amor prohibido, la despedazaron. Quetzalcóatl recogió sus restos y los enterró en la tierra. De ellos brotó una planta generosa, capaz de ofrecer alimento, bebida, fibras y refugio a los hombres. Desde entonces, el maguey fue considerado un regalo de los dioses y una fuente de vida para muchos pueblos de Mesoamérica.

Igual que algunos vecinos llegaron un día con una maleta y acabaron echando raíces entre nosotros, el ágave cruzó el océano hace siglos y terminó encontrando su sitio al pie de nuestros muros de piedra. No proviene de aquí, pero hace tanto que nos acompaña que cuesta imaginar algunos rincones sin su silueta.
El ágave no es la típica plantita pequeña que siempre está ahí pero pasa desapercibida. Es el ejemplo perfecto de que la intensidad no siempre es sinónimo de permanencia. Tras años de crecimiento silencioso, de hojas duras y raíces que se aferran a lo árido, la planta vuelca toda su energía vital en un solo intento: una inflorescencia que parece subir al cielo con una fuerza imparable.

Y a mí, que suelo comparar las plantas con las relaciones humanas, me resulta difícil no ver en ella a esas amistades que irrumpen en nuestra vida como un elefante en una cacharrería. Esas que de repente lo ocupan todo y nos deslumbran con una energía desbordante y una entrega genuina. Pero esa floración espectacular es, en realidad, un epílogo: el ágave se agota en ese último despliegue porque ya no tiene más que ofrecer, igual que esos vínculos que, cuando el contexto cambia y lo que los sostenía se desvanece, terminan por desaparecer por su propio peso. Y lo único que nos queda es la belleza de lo que fue, el recuerdo imborrable y la certeza de que algunas cosas, para ser extraordinarias, tienen que ser finitas.
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